Hay discusiones políticas que nacen de diferencias legítimas y otras que, directamente, se montan sobre la confusión. El debate por la reforma electoral en Salta, tal como se está planteando desde algunos sectores -especialmente desde la oposición libertaria-, parece inscribirse más en este segundo terreno.
Lo primero que conviene aclarar, porque no es un dato menor, es el origen del proyecto. No se trata de una iniciativa del Poder Ejecutivo ni de un intento del gobernador por moldear las reglas de juego a su conveniencia. Es un proyecto que surge del ámbito legislativo, impulsado por diputados que, en definitiva, representan a la ciudadanía. Desconocer ese punto es, cuanto menos, un recorte interesado de la realidad.
El segundo eje, y probablemente el más importante, tiene que ver con la elección del gobernador. Aquí no hay lugar para interpretaciones forzadas: en 2027 se elegirá exactamente del mismo modo que en 2019 y en 2023. Ganará quien obtenga más votos. No hay sumatorias, no hay atajos, no hay ingeniería electoral que altere ese principio básico. El gobernador será, una vez más, el candidato más votado por la gente.
Sin embargo, se insiste en instalar la idea de que estamos ante un regreso de la ley de lemas. Nada más lejos. La comparación con ese sistema o incluso con experiencias como la de Formosa no resiste un análisis serio. Si hay que buscar referencias, el modelo tiene más puntos de contacto con esquemas como el uruguayo, donde conviven distintas expresiones dentro de un mismo espacio político, pero es el electorado el que ordena y define.
¿Dónde aparece, entonces, la verdadera innovación? En las categorías legislativas y municipales. La desaparición de las PASO dejó un vacío en la forma de dirimir las internas, y este proyecto intenta resolverlo trasladando esa competencia al día de la elección general. Es decir, permitir que dentro de un mismo frente convivan distintas listas -con matices, diferencias y miradas propias- y que sea la ciudadanía la que decida cuál de ellas prevalece.
A diferencia de otros espacios donde las candidaturas se definen «a dedo», este esquema amplía la participación. No la restringe. Le da al votante la posibilidad de ordenar la interna de un frente con su voto, sin necesidad de una instancia previa.
En ese sentido, también hay un dato relevante: la baja del piso electoral. Reducir ese umbral implica reconocer a las minorías, permitir que sectores con menor volumen electoral puedan tener representación y no queden automáticamente excluidos del sistema. Es, en los hechos, una ampliación de derechos políticos.
Otro punto que suele prestarse a interpretaciones erróneas es el de la supuesta «ventaja» de los frentes por acumulación de votos. El argumento es conocido: varias listas suman entre sí y superan a un candidato individual más votado. Pero ese razonamiento parte de una hipótesis contrafáctica. Quien vota dentro de un frente no está eligiendo al adversario; está optando por distintas variantes de un mismo espacio. Si esas variantes no existieran, ese caudal de votos no migraría automáticamente a otro partido.
Además, el sistema no genera mayorías automáticas ni desproporcionadas. Para la asignación de cargos legislativos se mantiene el método D’Hondt entre fuerzas políticas, y luego una distribución interna proporcional dentro de cada frente. Es decir, hay reglas claras que garantizan equilibrio y representación.
En definitiva, lo que propone esta reforma es adaptar el sistema electoral a un escenario nuevo: sin PASO, con mayor fragmentación política y con una ciudadanía que, en muchos casos, ya no quiere votar dos veces para definir lo mismo. Se trata de concentrar la decisión en una sola elección, pero con más opciones y más participación.
Por eso, conviene volver al punto de partida. Se puede discutir el proyecto, mejorarlo, cuestionarlo o defenderlo. Es parte del juego democrático. Pero lo que no se puede hacer es instalar que cambia la regla central de la competencia.
En 2027, como en las últimas elecciones, el gobernador será quien obtenga más votos. Sin intermediaciones, sin sumatorias ocultas y sin distorsiones. Será, simplemente, el que elija la gente.
