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El culto a la muerte, un peligro real para los jóvenes

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Tras el asesinato de Ian Cabrera, de 13 años, en su escuela de San Cristóbal, en Santa Fe, la oleada de amenazas registradas de nuevos crímenes en unos 600 colegios del país no solo ha causado pánico, sino que se tradujo en un pico de ausentismo inusual en los establecimientos de enseñanza media.

Estamos ante algo muy diferente a la violencia que, periódicamente, se manifiesta en los ámbitos educativos, como el bullying y sus consecuencias, ni de travesuras a las que muchas veces recurren los jóvenes para salvarse de un día de clases.

Las amenazas presentan un patrón sistematizado y que es propio de algunas asociaciones clandestinas que utilizan el recurso que les ofrecen las plataformas, cuyos ideólogos y diseñadores se encuentran en el anonimato y que, con frecuencia, pueden apuntar a objetivos perversos o subversivos.

La indefensión, la ingenuidad o la incomunicación de los adolescentes ofrecen un terreno propicio tanto para quienes lo aprovechan para inducirlos a entrar, sin saberlo, en el mercado de la pornografía juvenil, como para sembrar entre ellos un espíritu nihilista e, incluso, introducirlos al culto del suicidio.

Esta vez, la tarea de prevención puede desbordar a la escuela, porque no es el caso de los enfrentamientos comunes entre pares o de conflictos propios de la edad. La detención de siete jóvenes en Salta es un paso acertado, pero hay elementos más que suficientes como para que los equipos de inteligencia provinciales y federales, y las fiscalías expertas en delincuencia digital asuman la inusual gravedad de estas amenazas.

El ataque ocurrido hace 20 días en la escuela de San Cristóbal, donde fue asesinado un estudiante y heridos otros alumnos, no fue un acto solitario. Si bien el homicida es inimputable, preparó el crimen junto a otro joven algo mayor, que está detenido. Al parecer, ambos están vinculados a la True Crime Community (TCC), una subcultura digital transnacional que glorifica crímenes reales y asesinos en masa. Esta organización es catalogada por la Secretaría de Análisis Integral de Terrorismo Internacional como un caso de extremismo violento.

La secretaría, dependiente del Ministerio Público Fiscal de la Nación, describe a True Crime Community como una entidad sin ideología estable, que propone creencias en las que la violencia es admirable y fascinante, y así, ese asesino extasiado en una visión épica y destructiva puede ser considerado como un héroe. «La notoriedad pública es deseable, la repetición de los ataques tiene un alto valor simbólico, las víctimas son secundarias frente al estatus superior del agresor y la estética, los símbolos y las referencias son más importantes que un mensaje político», describe el informe.

La organización sin rostro visible comparte el análisis de crímenes reales y distribuye material gráfico e información sobre esos ataques, incluso, los instruye en la imitación de esos ataques. La comunicación entre desconocidos se realiza a través de chats privados en plataformas sin control de contenidos. Se trata de redes que se diversifican, se retroalimentan y que, al producirse un episodio sanguinario como el de San Nicolás, lo analizan, lo discuten, lo aplauden y lo ponen como ejemplo.

Claramente, la escuela y la familia tienen una gran tarea por delante. Ya es imposible imaginar una sociedad sin celulares ni redes digitales, y, por otra parte, los nuevos sistemas aportan elementos positivos para la formación y la información de los jóvenes. Pero no pueden quedar fuera de control.

Ante la generalización del lenguaje violento y mesiánico que ha instalado la cultura política en este cuarto de siglo, es necesario que los adultos ofrezcan a los adolescentes la posibilidad de construir conciencia crítica y madurez intelectual para que no se dejen seducir por el canto de sirenas de los profetas clandestinos de la destrucción.