Radiante y con una sonrisa que desarma cualquier formalidad, Natalia Oreiro (49) entra a la oficina del quinto piso del Cinemark Palermo luciendo un traje sastrero a cuadros en tonos terracota combinado con una camisa celeste, un pañuelo de seda al cuello y unos guantes de cuero bordó.
«Es de María Cher, es industria nacional», resalta con genuino orgullo mientras se acomoda en la silla para realizar la entrevista. La mención a la moda nos da pie para preguntarle por Las Oreiro, la exitosa marca de ropa que fundó, y nos confiesa, casi como una confidencia al pasar, que ya pasaron ocho años desde que decidió dar un paso al costado de ese proyecto y que ahora solo despunta el vicio del diseño gracias a su línea de gafas.
Al tiempo que se saca las suyas, atenta a cada detalle de su entorno, pregunta por el micrófono que le están colocando en la solapa del saco. «¡Qué curioso que es! Es nuevo, ¿no?», indaga mientras estudia el cuadradito negro. Tras recibir una respuesta afirmativa, levanta la mirada, ubica su cámara, y nos lanza un sonoro y cómplice: «¡Cuando quieran!». Y allá vamos.

–Hola, Nati. ¿Cómo estás?
–Bien, muy bien. Contenta de estrenar una nueva película argentina en cines.
–Decís «en cines» y en tu cara se dibuja una sonrisa.
–¡Sí!, porque para mí ir al cine es maravilloso. Es un hecho especial en sí mismo en el que entrás en otro mundo a partir de un viaje adonde nada exterior te perturba y podés conectarte sin todos los estímulos que uno generalmente tiene en la casa: la familia, el teléfono, el timbre…
–Anoche viviste la avant premier de Nada entre los dos, y se me cruza preguntarte, habitualmente ¿con quiénes ves tus propios estrenos?
–En general hago una lista de colegas, amigos y familiares. Y dependiendo un poco del día a veces pueden acompañarme un poco más o un poco menos, porque hay realidades y prioridades, pero en general me gusta estar con la gente que hace posible que yo pueda filmar la película. Pasa que uno no está solo, y para que yo pueda hacer una película hay gente que me acompaña, me ayuda, me alienta y me ayuda a elegir.
–¿Es difícil el tema de elegir?
–Bueno, yo soy una privilegiada porque puedo hacerlo. Entonces, desde ese punto de vista es mucho más fácil que carecer de dicha posibilidad, ¿no? Uno construye un perfil cinematográfico diciendo más «no» que «sí». Porque cuando no tenés alternativa y decís que «sí» quizás eso no te representa tanto. Ahora, cuando podés elegir, también tenés la responsabilidad de hacer una buena elección. Algo que no dejo de reconocer que es un gran privilegio, más en este contexto que vivimos.

–Absolutamente. Pero vos también llevás muchísimos años de trabajo y de esfuerzo. Tenías apenas 16 años cuando llegaste a la Argentina, ¿cierto?
–Sím tenía 16 años cuando llegué con mucha ilusión… pero todos los días es un volver a empezar, ¿sabés? Yo no cargo en mis espaldas el peso de haber hecho muchas cosas. En ese sentido, la capacidad de asombro es algo que intento no perder. Y al mismo tiempo, es cierto que a medida que uno va creciendo, las elecciones tienen más que ver con la edad madurativa natural de mi persona, pero también con un intento de no repetirme. Aunque me guste mucho hacer determinados personajes, porque sé que hay una conexión inmediata con el espectador, también siento que hay algunos temas que son necesarios ser contados. E intento elegir ambos roles. O sea, trato de elegir roles que a mí me encantan hacer, como los de comedia, y también otros dramáticos que requieren de un desafío interpretativo más comprometido y más duro.
–Por más que en Nada entre los dos haya algunos momentos lúdicos, como cuando le das de probar sabores a ciegas a Gael García Bernal y fluyen las risas, en esta ocasión justamente no estamos reunidas por una comedia…
–(Ladea la cabeza) Diría que esta película es como una comedia romántica adulta pero realista, porque te habla de los vínculos afectivos, de los vínculos de la familia, de las frustraciones dentro de las relaciones de pareja, y de esas cosas que quizás muchas personas sienten pero no se animan a experimentar o a compartir en lo social.

–Como infidelidades y grandes secretos.
–Sí, porque en algunos casos pueden ser tabú o mal vistos. Y creo que los personajes, tanto de Mechi -el mío- como el de Guillermo -el de Gael García Bernal- se encuentran en un lugar que les es ajeno a ambos y viven una crisis personal similar con distintos colores. Y hallan el uno en el otro una posibilidad de redescubrirse, de libertad, de pasión y de sentirse nuevamente vivos. No se sabe qué es lo que pasa, porque tampoco la vamos a spoilear, pero también los ayuda a reencontrarse con su ser más genuino, sin la mirada social o de crítica.
–Y quizás también sin la rutina.
–¡Eso sin duda! Pero bueno, uno puede cortar la rutina sin serle infiel a su pareja. Lo que pasa en este caso es que ellos se plantean que fueron fieles a eso que sintieron porque ambas estaban viviendo una crisis de la mediana edad, por así decirlo, con parejas un poco estancadas. Y lo lindo de esto es que es inesperado, ¿no?, porque es una película que habla de vínculos, es una película vincular.
–¿Cómo fue vincularse con Gael?
–Súper bien.

–¿Lo conocías?
–Lo conocía porque hicimos una película juntos después, que era para hacer antes, pero por esas cosas del cine a veces los tiempos se van modificando. Así que habíamos tenido contacto. Además, tenemos gente conocida en común y por supuesto que yo había visto mucho de su trabajo. Él me parece un gran actor y un gran hacedor, y en el set nos llevamos súper bien. Gael es muy gracioso y una persona muy cercana al mismo tiempo. Tenemos muchos puntos en común de formas de ver el trabajo y la vida, entonces se hizo muy llevadero.
–¿Podrías contarme alguna de esas cosas en las que coinciden?
–En general. Medio que te vas dando cuenta en la forma de trabajar: el estar presente, ser compañeros, ver juntos las escenas antes, proponerle al director desde una mirada en común, no cortarse solo. No decir «yo haría esto para mi personaje», sino, «Nati, ¿te parece tal cosa? Se lo proponemos a Juan (Taratuto)», y ahí juntarnos los tres para ir en un mismo barco. Después de tantos años abrís una puerta y ya te das cuenta de la energía de la otra persona.

–¿Y qué hacés cuando abrís una puerta y te das cuenta de que la energía de la otra persona no coincide?
–(Suspira con pesar) Ay, bueno, es difícil, porque tenemos un trabajo vincular. Yo creo además que la cámara -sobre todo en el cine que está tan cerca- lee todo, y lee cuando estás ahí o cuando estás pensando en lo que vas a cenar. Aunque obviamente es un ejercicio diario y cada película un volver a empezar, yo intento estar siempre al servicio del personaje y al mismo tiempo pasarla bien. Respetar ese ambiente colectivo que solamente sucede cuando estamos todos conectados. Si no sucede, soy de conversar, de decir «che, mirá, sentí esto raro, ¿podemos hablarlo?». Soy muy mediadora en la vida. Y creo que eso me ayuda a ponerme en el lugar del otro y a no quedarme con mi única idea.
–¿Tratas de no pensar «yo tengo razón»?
–… Soy taurina, soy testaruda y siempre tengo una idea propia, pero cuando del otro lado siento que piensan distinto, los años me han ayudado a saber escuchar. Ése es el secreto de la convivencia y de los conflictos actuales: el no poder escuchar al otro, creer que tu razón es la única. Cuando por ahí podemos ponernos de acuerdo sin pensar lo mismo.

–Entiendo que esto va mucho más allá de lo laboral.
–Totalmente, ¡es para todo en la vida! Quizás de más chica yo era muy polvorita, pero ahora en ciertas situaciones me encuentro diciendo «pará, porque por ahí tiene razón». O por ahí no es lo que yo quiero escuchar, pero «prestemos atención a su punto de vista», «encontremos una forma».
–¿Te volviste más mediadora con el paso de los años?
–Soy una persona súper mediadora. Pero siempre tuve ese gen, siempre me gustó pasarla bien en equipo. Lo que sí diría es que con el paso de los años me volví una persona más reflexiva. Ahora sé escuchar y trato de no contestar inmediatamente algo con una idea propia, porque si no… (hace un silencio cargado de emoción) Si no, siento que no tiene sentido nada.
–¿Tratás de enseñarle esto a tu hijo, Merlín Atahualpa, que tiene 14 años y, por su juventur, debe vivir con una revolución total?
–Sí, es una edad hermosa. Pero creo que uno enseña más con lo que hace que con lo que dice, y lo hace de manera natural. Yo puedo hablarle a mi hijo mucho sobre un tema, pero si luego él ve que yo hago todo lo contrario en mi día a día… Para mí lo más importante de él, por supuesto que es la inteligencia emocional, pero que pueda ser una persona crítica de lo que incluso sus padres piensan. Y eso es algo que charlamos muy a menudo sobre cualquier cuestión. Yo me abro: «Este tema es importante, vamos a hablarlo». Entonces le digo lo que pienso, que a veces no coincide con lo que piensa su papá. Sin embargo, lo que trato de mostrarle es que podemos terminar poniéndonos de acuerdo en un mismo punto. Pero siempre es: «Esto es lo que nosotros creemos, no lo que vos tenés que creer. Vos tenés que escuchar a tus amigos, a tus maestros, a las personas que querés, a los que no querés, y con toda esa información hacerte una idea personal». Porque si no nos convertimos en repetidores de algo que a alguien se le ocurrió que era así. Y eso en todo ámbito.

–¿Y lo ves frenar a analizar las situaciones?
–Sí, sí. Es muy inteligente emocionalmente hablando, y además también es una persona muy mediadora.
–¿Lo heredó?
–Puede ser, o lo trajo, ¿no? Porque cuando me preguntan a quién se parece, yo digo a él. Porque realmente tiene su personalidad. Yo soy así ahora, pero de chica no, cuando tenía la edad de él… (se empieza a reír con esa frescura que paraliza cualquier ficción) ¡olvidate!, no sé si era así. Pero bueno, se trata de distintos momentos. Nosotros hablamos mucho, estamos mucho con él. Elegimos acompañarlo en sus gustos y le proponemos cosas que quizás no conoce pero creemos que le pueden hacer bien.
–¿Esos gustos llevan a que en tu casa se escuchen cosas que nunca en la vida hubiesen escuchado?
–Eh… bueno, no, escuchamos bastantes cosas parecidas. Él escucha bastante música en vinilo desde muy chiquito, somos bastante analógicos en ese sentido. El otro día fue con el padre a ver a Robert Plant, y el mes pasado fuimos los tres a ver a AC/DC. Así que compartimos muchos gustos musicales. Quizás yo escucho cosas que por ahí él no, pero siempre le digo que uno tiene que estar abierto a los gustos, a que en la música no hay nada que esté mal. Te puede gustar o no, pero si a otra persona le gusta, es respetable. Yo creo que uno tiene que encontrar el disfrute en todo.
–Hablás de la música e inevitablemente se me viene a la mente tu CD. ¿Seguís haciendo canciones nuevas?
–Sigo haciendo canciones en relación a la actriz. Bueno, justo en Nada entre los dos, no. Sí hay una canción de Juan Gabriel que tengo que cantar como parte del personaje, pero nada más. Pero en mis otros proyectos recientes sí canté temas originales o covers. No encuentro hoy un espacio físico -y también posiblemente de motivación- para hacerlo por fuera de la actriz. Pero me encanta cantar y canto todo el tiempo: ahora vengo de filmar una película en Uruguay y grabamos una tema; en La mujer de la fila canté uno que había interpretado Mercedes Sosa; en Campamento con mamá junto a Ale Sergi hicimos un tema original… La música siempre está ahí.

–¿En tu casa hay temas inéditos aguardando ver la luz?
–Tengo algunas notas de ideas, pero eso se va mezclando con ideas de personajes. Es como que yo siempre lo pienso más desde lo audiovisual. Me cuesta pensarlo solo desde un disco, desde lo musical. Para mí siempre es audiovisual porque lo audiovisual forma parte de mi formación.
–Te cambio de tema rotundamente, para preguntarte algo sobre el papá de Ata, Ricarlo Mollo, a quien recién mencionaste. Sé que este año cumplís 25 años en pareja: ¿Va a haber una fiesta? ¿Cómo lo van a celebrar?
–¿¡Fiesta!? (se sorprende genuinamente). No, no (risas). Algún tipo de celebración tenemos que hacer, pero no una fiesta. Si no hicimos fiesta cuando nos casamos, ¡imaginate!
–Imposible olvidar aquellas imágenes «robadas» de ustedes dos solos casándose en un barquito en Brasil.
–(Se emociona) ¿Te acordás? Sí, sí. Yo creo que esas cosas se celebran en la intimidad, con esas personas a las que les compete de forma directa. Por supuesto que a lo largo de estos años tenemos gente querida que celebra el amor, pero no, la verdad que no lo planteé. No sé, le voy a decir. Quizás lo que sí tenemos son algunas ideas de cosas que por ahí nos gustaría compartir… pero todos los días es un volver a empezar, ¿no?, y todo pasa tan rápido.

–¿Te sorprende que lleven un cuarto de siglo juntos?
–Depende. A veces sí, a veces no. Me sorprende la rapidez con la que pasa la vida… ¡pero es que hacemos tantas cosas! Entonces no sé si tiene que ver con eso, con la velocidad de todo, con que todo pasa demasiado rápido. Y a veces detenerse, respirar, tener un recuerdo… pero un recuerdo vivido, no un recuerdo registrado, ¿viste?, es difícil, porque todo el estímulo está afuera para que uno vaya corriendo a todos lados. Bueno, recién antes de empezar la nota nos dijeron «tienen 15 minutos», y es como que decís «uy, ¿cómo hago para apurarme y para decir todo lo que quiero?», y a veces no se puede. Pero bueno, no tiene que ver solamente con el mundo en el que nosotros estamos, porque lo compartimos con el resto del planeta, ¿no?, y todo está un poco así, pero depende de uno. Es un trabajo individual el de decidir frenar un poco y el buscar que el tiempo pase más lento.
–¿Te gustaría tratar de detener un poco el tiempo?
–Sí, pero no como un deseo de aferrarse a algo para que eso no suceda, que a veces pasa cuando tenés un hijo que crece súper rápido. A mí me pasa más en relación a la maternidad, por supuesto. Pasa que lo veo crecer tan bien, tan feliz y que está siendo más independiente y teniendo sus elecciones, que me parece bien que sea así. Pero también el hecho de poder detenerme de mi propia vorágine mental, y ahí no estoy incluyendo mi profesión, porque eso tiene que ver con elecciones y compromisos que uno toma de manera feliz y agradecida. Si no que a veces uno está con demasiado estímulo mental y… y es al pedo (se muerde el labio mientras sacude la cabeza). Porque no es el estímulo que hace mella, ¿no? Es esa cosa de querer estar más afuera que adentro. Pero bueno, es un mal actual.

–Lo bueno es que podés interpretar que eso no te gusta como para poder ver cómo cambiarlo.
–Sí, eso es lo bueno. Lo malo es que cuando sabés de algo que no te gusta y no lo cambiaste, te frustra.
–¿Sos de frustrarte?
–¿Quién no?, pero también es necesario. Porque es parte de la vida y porque si no te frustrás, no tenés resiliencia. Uno tiene que aprender. Y la única forma, a veces, es frustrándote, equivocándote y volviéndolo a intentar. Y así. Porque la vida es eso.
–Siempre hay que volverlo a intentar.
–Siempre hay que darle la vuelta.
–Se nos re pasaron los 15 minutos.
–¡Y nadie nos dijo nada! (ríe y observa de reojo a la cámara con esa mirada carismática que detiene a los espectadores) Bueno, aprovecho el minutito extra para invitar al público a que venga a los cines a ver una película nacional, la nueva de Juan Taratuto, Nada entre los dos, junto a Gael García Bernal. Yo creo que la van a pasar muy bien. ¡Ojalá! (se despide a pura simpatía).

Video: Juan Rostirolla
Edición de video: Rocio Bustos
Fotos: Gentileza @nico_asta y @AgenciaFS
Agradecemos a Silvana Waisberg
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