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La encrucijada de Trump ante el rechazo a la guerra

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La guerra de Irán disparó un fuerte debate dentro del Partido Republicano estadounidense que amenaza debilitar la base de apoyo del presidente Donald Trump, obligado por las circunstancias a morigerar su tradicional postura abiertamente pro-israelí ante las crecientes críticas de un sector del ala conservadora que interpreta la consigna de «America First» como la reivindicación de una postura aislacionista en materia internacional.

El iniciador de la controversia fue Tucker Carlson, el más afamado de los publicistas televisivos conservadores, quien cuestionó con duros términos la intervención militar: «nunca he conocido a un estadounidense que piense – aparte de aquellos que tienen razones ideológicas para fingir que lo creen – que la amenaza permanente para Estados Unidos tenga que ver con Irán. Las amenazas inminentes para EEUU incluyen la bancarrota por exceso de deudas, que tu hijo sufra una sobredosis de fentanilo, que tu vecindario cambie por completo debido a la inmigración».

Pero Carlson, quien siempre sobresalió por su estilo confrontativo, fue más allá y embistió contra el gobierno israelí. Denunció la existencia de «ataques de falsa bandera» en el Golfo Pérsico fraguados por la agencia de inteligencia israelí, el famoso Mossad, para dividir al mundo islámico. Llegó a señalar que el multimillonario Jeffrey Epstein, misteriosamente muerto en la cárcel acusado de pedofilia y tráfico de personas y cuyos archivos, que mencionan reiteradamente a Trump y desataron un escándalo que sacude a la prensa estadounidense, era un agente israelí.

Esas diatribas de Carlson, con su fuerte efecto corrosivo en las huestes republicanas, precedieron a la renuncia de Joe Kent, jefe de la División Antiterrorista, quien sostuvo que Irán no significaba una amenaza nuclear para Estados Unidos y atribuyó la intervención militar en Irán a la presión israelí sobre el gobierno estadounidense. Trump se sintió en la obligación de contestarle a su ex subordinado: «siempre fue débil». Pero las críticas no cesaron. Candace Owens, una popular «influencer» republicana, y Nick Fuentes, la estrella conservadora del podcast, también cuestionaron la escalada bélica. Owens, íntima amiga del asesinado activista derechista Charlie Kirck, advirtió a Trump: «no entiendo cómo no se da cuenta de cómo está reaccionando su base, su base real, en este momento».

Algunos analistas políticos focalizaron entonces su atención en un hecho harto conocido pero insuficientemente destacado. Trump, caracterizado como el más proisraelí de los presidentes estadounidenses, que ya en su primer mandato decidió mudar la embajada norteamericana de Tel Aviv a Jerusalén, tiene un yerno judío, Jared Kushner, casado con su hija Ivanka (convertida al judaísmo en 2009) y padre de sus tres nietos, educados en la fe de sus progenitores.

Kushner es uno de los más cercanos asesores de su suegro en política exterior, especialmente en asuntos de Medio Oriente. Esa proximidad ayuda a explicar que el embajador estadounidense en Israel sea Mike Huckabee, una personalidad del llamado «sionismo cristiano», corriente que considera al Estado judío como la primera línea de batalla en un conflicto civilizatorio de dimensiones universales y, por lo tanto, un aliado indispensable para Estados Unidos. Huckabee descarta la solución de los «dos estados» como vía de solución para la cuestión palestina.

El «sionismo cristiano» dista de ser una novedad en el escenario religioso estadounidense. En 1878 William Blackstone, discípulo del destacado evangelista Dwight Moody, publicó un libro titulado «Jesús viene» que popularizó entre sus compatriotas la idea, compartida por numerosos líderes evangélicos, de que Dios había entregado la tierra de Israel al pueblo judío.

El pensamiento sionista cristiano se sintetiza en cuatro puntos. En primer lugar, la fundación del estado de Israel en 1948 marcó el fin de la «era humana» y anuncia el «fin de los tiempos». En segundo término, el conflicto de Medio Oriente es parte del «plan de Dios», que incluye una guerra final que precederá a la segunda venida de Cristo. Tercero, ese pacto de Dios con Israel es eterno e incondicional. Por último, toda oposición al dominio político de Israel sobre su territorio conllevará la condena divina.

El escritor e historiador David Swift afirmó que el sionismo cristiano «fusiona esencialmente la creencia religiosa con un programa militar, estratégico e incluso económico». Agrega que «en concreto, el sionismo cristiano no es solo la creencia de que la tierra bíblica de Israel es el plan predestinado del pueblo judío, sino que implica también que a Estados Unidos le conviene apoyar la expansión de Israel».

Fathi Nimer, investigador de políticas públicas y ferviente publicista de la causa palestina, sostiene que el movimiento expresa un apoyo absoluto e incondicional a Israel. A modo de ejemplo, puntualiza haber escuchado un podcast sobre una mujer sionista cristiana que visitaba Belén y que, tras ver el muro que separaba a los soldados israelíes de las severas condiciones de vida en los campos de refugiados palestinos, comentó: «me dan pena, pero las Escrituras son las Escrituras». La mayor población de sionistas cristianos reside en Estados Unidos, con alrededor de treinta millones de personas, aunque la corriente se ha expandido hacia las comunidades evangélicas de Brasil y otros países latinoamericanos. La mayoría están afiliadas a las iglesias evangélicas de las regiones del denominado «Cinturón Bíblico». Su organización más representativa es «Cristianos por Israel», que cuenta con cerca de diez millones de miembros, en su gran mayoría republicanos conservadores, y constituye uno de los bloques de votantes más formidables de Trump.

Los sionistas cristianos están profundamente enraizados en la política estadounidense. Son importantes donantes para las campañas del Partido Republicano. Constituyen también un pilar fundamental de los grupos de presión israelíes, desde el Comité de Asuntos Públicos Estadounidense-Israelí (AIPAC) hasta la Liga Antidifamación. Sus posturas sobre las fronteras de Israel coinciden con el ministro de Seguridad Nacional israelí, Itamar Ben-Gvir, y su colega de Finanzas Bezalel Smotrich, voceros del nacionalismo ultra religioso que integra la coalición gubernamental encabezada por el primer ministro Benjamín Netanyahu, quienes sostienen que Israel debe expandirse para incorporar a todo el territorio del «Israel bíblico».

Mimi Kirk, directora del Instituto para el Estudio del Sionismo Cristiano y subdirectora del Centro de Estudios Árabes Contemporáneos de la Universidad de Georgetown, puntualiza que los líderes israelíes han aceptado el dinero y la capacidad de influencia en la política exterior estadounidense que les ofrecen los sionistas cristianos porque entre sus seguidores se encuentran numerosas personalidades políticamente influyentes en Washington, entre ellos antiguos funcionarios de la administración Trump, como el ex vicepresidente Mike Pence y el ex Secretario de Estado Mike Pompeo.

Lo cierto es que el «sionismo cristiano» es una base fundamental del electorado de Trump, aún más relevante que el vigoroso «nacionalismo cristiano», representado por Carlson y los suyos, sólidamente aferrado a una interpretación del «America First» que supone la prioridad excluyente de las preocupaciones y las urgencias domésticas de los ciudadanos de a pie por sobre los condicionamientos de la política exterior. Esa visión nacionalista, opuesta al involucramiento de Estados Unidos en conflictos bélicos como los de Medio Oriente o Ucrania y que por ese motivo resta valor estratégico a la alianza con Israel, tiene hoy como su principal aunque silencioso exponente al vicepresidente J.D. Vance, un ferviente militante católico recientemente converso que, a la inversa de Trump, se mantuvo sospechosamente cauto en sus apreciaciones sobre la guerra.

En semejante contexto, cuando las encuestas indican que la mayoría de la opinión pública estadounidense está disconforme con la escalada militar en Irán, Trump tiene que hacer un esfuerzo ciclópeo para conservar el equilibrio entre sus propios partidarios y, a la vez, atender la resolución de una guerra en la que Estados Unidos no puede salir derrotado. Todo esto sucede a meses de las elecciones legislativas de noviembre cuando las encuestas pronostican una derrota que le privaría de su actual mayoría legislativa y enturbiaría la última parte de su segundo mandato.

* Vicepresidente del Instituto de Planeamiento Estratégico