ESPECTÁCULO

El "dopamine dressing" llegó a los placares argentinos: cómo vestirse de color cuando todo parece gris, según la psicóloga que acuñó el concepto

Escuchar la nota

Dopamina es la hormona del placer. Dopamine dressing es, literalmente, vestirse para activarla. La idea parece simple pero tiene respaldo en la neurociencia: ciertas elecciones de ropa –colores específicos, texturas, prendas asociadas a momentos de bienestar– generan respuestas emocionales mensurables antes de salir de casa.

El término fue acuñado por Dawnn Karen, psicóloga de la moda, y se basa en una premisa simple pero poderosa: la ropa que elegimos tiene el potencial de influir directamente en nuestro bienestar emocional. Lo que la distingue de otras modas basadas en el color es el componente de intención: no se trata de seguir la paleta de la temporada, sino de elegir conscientemente qué emoción se quiere construir antes de enfrentar el día.

Los colores de longitud de onda corta –azul, índigo, púrpura– activan el sistema nervioso parasimpático, reducen el ritmo cardíaco y aumentan la creatividad; los de longitud larga –rojo, naranja, amarillo– tienen efecto estimulante y suben la energía.

Carolyn Mair, psicóloga británica especializada en neurociencia cognitiva y comportamiento del consumidor, profesora de Psychology for Fashion en la Universidad de las Artes de Londres, sostiene que la moda puede influir tremendamente en el bienestar emocional al moldear cómo nos percibimos a nosotros mismos y cómo los demás nos perciben, afectando la confianza, la autoestima y el estado de ánimo.

Su metáfora es precisa: cada elemento de una vestimenta funciona como una orquesta. Cuando todo está alineado, suena en armonía. Cuando algo desentona, el efecto es discordante.

Estudios en psicología demostraron que vestirse con prendas que refuerzan la autoimagen produce el efecto conocido como enclothed cognition –cognición envuelta–: vestir de forma profesional puede aumentar la percepción de autoridad y seguridad; elegir ropa cómoda y alegre genera mayor disposición al optimismo.

La mirada psi desde Buenos Aires

La tendencia también llegó a los consultorios porteños. Patricia O’Donnell, psiquiatra y psicoanalista miembro de la Asociación Psicoanalítica Argentina y de la Asociación Psicoanalítica Internacional, explicó que desde la perspectiva psicoanalítica la ropa puede verse como sustituto de las membranas fetales –símbolo de protección y amor materno– capaz de brindar amparo e identidad. La ropa, sostuvo, reafirma el sentimiento del yo y expresa una búsqueda de aprobación.

Pero O’Donnell también pone el límite donde corresponde: la autoestima baja no se corrige solamente con un cambio de vestuario. La ropa puede ser herramienta de bienestar, no solución. Esa distinción es la que separa al dopamine dressing de una promesa de marketing de una práctica genuinamente útil.

Según la psicóloga Carolyn Mair, de la Universidad de las Artes de Londres, si se eligen colores vibrantes la percepción externa es de confianza y optimismo, pero lo más interesante es cómo esa percepción se internaliza, actuando casi como un efecto placebo.

El mapa del color: qué activa qué

No todos los colores generan el mismo efecto, y la psicología del color lleva décadas documentando esas diferencias. Según O’Donnell, el amarillo, unido simbólicamente al sol, irradia calidez y energía; el verde aporta equilibrio y calma; el azul evoca misterio, amor y melancolía; el rojo encarna vitalidad.

Colores cálidos y brillantes como el amarillo, el naranja y el rojo se asocian con vitalidad y entusiasmo; los colores fríos como el azul y el verde generan calma, serenidad y equilibrio. Los neutros transmiten elegancia pero su exceso puede relacionarse con monotonía o tristeza. Pero hay un matiz importante: el efecto no es universal. Cada persona construye su propia cartografía cromática a partir de la historia personal, los recuerdos y las asociaciones culturales.

Vestirse con colores vibrantes no libera dopamina de forma directa como el ejercicio o la comida, pero sí activa asociaciones positivas, recuerdos agradables y sensaciones de control y agencia personal.

De las pasarelas y eventos a las calles porteñas

Las grandes casas de moda adoptaron esta tendencia en las últimas temporadas: Valentino, Versace y Jacquemus incorporaron tonos llamativos –desde rosas brillantes hasta verdes intensos– buscando provocar una reacción emocional positiva. Pero el dopamine dressing no se queda en las pasarelas. En Buenos Aires, los estilistas que trabajan con referentes de la moda local empezaron a notar el mismo patrón en sus clientes: la búsqueda no es un look de temporada sino una prenda que «les haga algo».

Las prendas «fetiche» –las que usamos en momentos determinados porque las asociamos a situaciones donde las cosas nos salieron bien– también son dopamine dressing: no es el color lo que activa el bienestar, sino la memoria emocional que carga la prenda.

Tras años marcados por la incertidumbre global y el auge del comfy wear de pandemia –grises, negros y beige–, el público experimentó una necesidad colectiva de optimismo. El minimalismo estricto le cedió el paso al maximalismo emocional y vestirse para levantar la dopamina ya se hizo un clásico entre las famosas porteñas.

Pampita, Stefi Roitman, Julieta Poggio y Tini Stoessel, por ejemplo, –cada una con su propio código cromático– comparten el mismo principio en sus apariciones públicas porteñas: el color no es decoración. Es posicionamiento y una verdadera traducción de cómo se sienten más que un disciplinamiento de rodillas a las tendencias.

Para Pampita, vestirse siempre es una cuestión emocional. Quién es y qué quiere transmitir siempre queda explicado a través de sus looks. Y claro que la confianza lo es todo. Tanto es así que llegó a decir: «Salía (a la pasarela) y pensaba que medía 2 metros».

Las texturas también cuentan

El dopamine dressing no se reduce a los colores. La estilista española Erea Louro señala que cuando uno se pone un sweater agradable, se siente en casa; la diseñadora Shakaila Forbes-Bell, referente del tema, describe que en momentos difíciles se refugia en materiales como la lana, el algodón o las prendas de punto que le recuerdan a su infancia.

Ese fenómeno conecta con la idea del tacto como terapia: estudios sobre bienestar sensorial indican que el contacto con materiales reconfortantes puede reducir el cortisol, la hormona del estrés.

El cuerpo registra la incomodidad incluso cuando la mente intenta ignorarla. Un saco que aprieta los hombros, un pantalón que no permite moverse con libertad, una tela que raspa, todo eso tiene costo emocional. El dopamine dressing bien entendido, explican los expertos, trabaja tanto en lo visual como en lo kinestésico.

Los psicólogos de la moda recomiendan crear un «diario de color» personal: registrar qué tonos elevan de manera consistente el estado de ánimo, la energía y la confianza independientemente de las reglas clásicas de combinación.

Cómo adoptarlo sin que parezca disfraz

El error más frecuente al intentar incorporar esta tendencia es abordarla como una performance externa en lugar de una práctica interna. No pide un cambio de estilo completo ni la compra de prendas nuevas. Permite empezar incorporando color en pequeños detalles –una bufanda, unos calcetines, una bolsa, un labial– e identificar qué colores ya generan bienestar para usarlos de forma más intencional.

Otra estrategia es crear «uniformes emocionales»: combinaciones que funcionan para días específicos, como reuniones importantes, jornadas largas o días de trabajo creativo.

Estudios sobre bienestar sensorial indican que el contacto con materiales reconfortantes –algodón, cachemir, lana– reduce el cortisol, la hormona del estrés, y puede generar la misma sensación de calma que un abrazo.

Las consultoras de moda hoy recomiendan escuchar el ánimo antes de vestirse –preguntarse cómo se quiere sentir ese día– y armar los looks con anticipación para liberar ansiedad y empezar la jornada enfocada. Puede ser un saco amarillo sobre un look neutro. Un par de aros con volumen en un día de reuniones. Una camisa a lunares guardada hace meses porque «no hay ocasión». El dopamine dressing devuelve la ocasión al día ordinario.

«Eres alguien en constante evolución y crecimiento y, por consiguiente, también lo es tu imagen», explica Natalia Cebrián, asesora de imagen española y autora del libro No tengo nada que ponerme. Y añade que, según su visión, el cambio de placard es justamente eso: actualización de identidad ajustada no solo a cómo nos sentimos, sino a quién queremos ser.

Al final del día, el dopamine dressing plantea algo más simple y más difícil que elegir un color. Plantea que el acto de vestirse puede ser consciente. Que los diez minutos frente al armario a las siete de la mañana no tienen por qué ser una negociación entre lo que tenés y lo que necesitás: pueden ser el primer gesto de intención del día.