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De coser sotanas en un monasterio a liderar uno de los ateliers de sastrería a medida más prestigiosos de Argentina, la historia de película de Nicolás Záffora

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Hay algo que llama la atención de Nicolás Zaffora incluso antes de que empiece a hablar. No es únicamente la elegancia sobria con la que viste ni el refinamiento de cada detalle que lo rodea. Es la calma. Una serenidad difícil de explicar en tiempos donde todo sucede a máxima velocidad. Él mismo encuentra el origen de esa forma de habitar el mundo: años de disciplina, silencio y contemplación que, lejos de desaparecer, hoy sobreviven en otra versión de sí mismo.

Ese mismo temple aparece desde el primer instante en que recibe a Revista GENTE. El saludo es cálido, pausado, sin estridencias. Invita a pasar a su local de Retiro como quien abre las puertas de su propia casa. El espacio combina sofisticación y funcionalidad: maniquíes vestidos con algunas de sus creaciones reciben a los clientes, un clásico sillón Chester invita a las conversaciones largas, mientras perchas con sus trajes terminados, muestras de géneros y vestidores anticipan el universo de la sastrería artesanal.

Desde su sofisticado local en el icónico barrio porteño de Retiro, Nicolás Zaffora posa para Revista GENTE.

Sin embargo, la verdadera magia todavía no aparece. Al terminar la entrevista, Záffora cruza la calle y nos conduce hasta el edificio de enfrente. Subimos algunos pisos y allí está el corazón del proyecto: su atelier. El laboratorio donde nacen, puntada a puntada, los trajes a medida que hoy visten a algunos de los hombres más elegantes del país, entre los que destaca nada más ni nada menos que Iván de Pineda.

Así, entre mesas de corte, moldes, hilos y máquinas de coser, su equipo trabaja casi en silencio. Y es allí donde el flamante Martín Fierro al Mejor Diseñador de Moda Masculina deja de ser un premio individual.

Zaffora invita a GENTE a su atelier y, junto a parte de su equipo, posa con el Martín Fierro a Mejor Diseñador de Moda Masculina.

«Es un trabajo en equipo», repite mientras entrega la estatuilla para que vaya pasando de mano en mano entre quienes confeccionan cada una de sus prendas. La escena resume mejor que cualquier discurso quién es Nicolás Zaffora.

Pero para entender cómo llegó hasta aquí hay que retroceder varias décadas.

La historia de Nicolás Zaffora

El niño que aprendió que la disciplina era una forma de vida

Mucho antes de convertirse en referente de la sastrería a medida (bespoke) en Latinoamérica, Nicolás creció bajo una educación profundamente castrense. Criado por su abuelo militar, las mañanas comenzaban antes del amanecer y la disciplina no era negociable.

Nicolás explica que la vida «disciplinada, institucional, austera y áspera que tuve desde los 12 años hasta los 28 años, moldeó un aspecto muy resistente al dolor físico y emocional».

—Tu infancia estuvo marcada por la crianza a cargo de tu abuelo militar. ¿Qué huellas o valores de esa educación castrense inicial sentís que persisten hoy en tu forma de ser?

—La vida con mi abuelo era una vida muy sencilla y disciplinada. Él se levantaba muy temprano y nosotros íbamos amaneciendo para ir al colegio. Recuerdo bien que para ganarme su admiración yo hacía un esfuerzo de niño, para levantarme de una de la cama y no volverme a dormir, ni sabanear placenteramente. Y eso sí me quedó para siempre, porque después eso siguió así en mi experiencia castrense y monástica, y hoy es mi forma de amanecer.

—La disciplina extrema suele asociarse al ámbito militar. ¿De qué manera esa estructura familiar moldeó tu carácter antes de tomar una decisión tan radical como la del aislamiento?

—Toda esa vida disciplinada, institucional, austera y áspera que tuve desde los 12 años hasta los 28 años, moldeó un aspecto muy resistente al dolor, al dolor físico y emocional. Me hice muy resistente, y un poco amigo de la soledad. Soy amigo de la soledad y eso no me hiere. Hoy en día puedo decirte que las cosas no me cuestan, lo que no tengo ganas de hacer lo puedo hacer. Hay una frase que suelo repetir: “Hay que hacer lo que hay hacer, punto”.

La decisión que cambió todo: ingresar a un monasterio

A los 18 años tomó una decisión que marcaría para siempre su destino. Convencido por un sacerdote de que tenía vocación religiosa, ingresó a una congregación donde realizó los votos de pobreza, castidad y obediencia. Con los cuales durante diez años vivió prácticamente aislado del mundo.

Antes de convertirse en uno de los referentes de la sastrería a medida en Argentina, Zaffora tuvo su primer contacto con la confección dentro de un monasterio, haciendo sotanas.

—A los 18 años decidiste ingresar a un monasterio. ¿Qué buscabas para en ese momento de tu vida y cómo fue ese proceso de transición hacia el silencio absoluto?

—A los 17 años conocí un párroco, muy carismático él, y yo un adolescente bastante desorientado, y también muy decidido, conocí a este hombre, me entusiasmó mucho y él me convenció de que tenía vocación religiosa. Entonces decidí entrar en esta congregación religiosa, que no era de clausura, pero era bastante acética, bastante tradicional con sus costumbres religiosas e hice la gran renuncia: los votos de pobreza, castidad y obediencia. El silencio no era absoluto, pero había horarios en los que se podía hablar y horarios en los que no. Se respetaba mucho eso, ademas de toda la disciplina de estudio y trabajo diario, que en los veranos se multiplicaba por dos o tres. Eran muchas horas, trabajos pesados, de construcción, de campo… igual, dejame decirte que lo que me sacó del monasterio no fue esa vida disciplinada y austera, sino los maltratos emocionales y psíquicos, eso fue lo que me agotó y me puso contra las cuerdas.

—Viviste una década bajo reglas monásticas sumamente estrictas e incluso castigos físicos. ¿Cómo era el día a día en el monasterio y como se sobrevivía psicológicamente a ese nivel de rigidez?

—El día a día en el monasterio era rígido. Teníamos todo el horario reglamentario, incluso los desplazamientos de una actividad a otra se calculaban entre 5 y 10 minutos. Cada uno de nosotros tenía horarios en común y horarios individuales. Era una vida muy regulada y muy efectiva. Un lema que aprendí a fuego, es: “servir es hacerse útil”. Entonces el servicio a Dios y a la iglesia tenía que plasmarse útilmente en cosas, no solo estudio y oración, sino también trabajo manual. Eso me marcó toda esa década, y parte de ese aprendizaje lo aplico hoy a mi trabajo. “Servir es brindar soluciones”, es algo que repito. Entonces cuando un cliente me trae un problema que tiene tanto con su imagen o con prendas específicas, estoy para darle soluciones y busco soluciones, tomó su problema como propio. Es mi problema y yo lo tengo que resolver.

Imagen panorámica del atelier de Nicolás Záffora.

—Fue justamente allí donde confeccionaste tus primeras túnicas y sotanas. Quizás tu primer contacto con el mundo de la confección y en algún punto, con la moda. ¿Recordás el momento exacto en que tocaste una tela por primera vez? ¿Cómo fue esa primera vez, te diste cuenta de que tenías una facilidad para costura?

—Estando en el monasterio un día mi superior me dijo que tenía que ser el sastre de la congregación. En ese momento esa congregación religiosa estaba creciendo en diferentes partes del mundo, y recuerdo que me dijo que las sotanas eran muy caras y que yo tenía que ser el sastre, y que me elegía porque un sastre tiene que ser una persona inteligente. Queriendo incentivarme. Y me envió a aprender. No sabía bien donde, pero recuerdo que sali con el desafío y la determinación del tamaño del Himalaya, de sotana y con el rosario en mano rezando, pensando dónde ir, caminando por la ruta, haciendo dedo, llegando al pueblo más cercano y de ahí tomando un colectivo a Capital, bajando en Once y tocando puertas a los negocios preguntando donde había un sastre. Una vez que llegaba a los sastre, ahí sí, veía que querían que sea su discípulo. Una imagen quijotesca (se ríe), de libro de cuento. Las caras de esas personas, viéndome de sotana, con 20 años, pidiéndoles ser su discípulo ers una imagen rarísima. Y uno, un gran amigo hoy, Natalio Argento, me dijo “sí, sí, yo te enseño”. Te aclaro que yo necesitaba aprender poco, porque no iba hacer trajes a medida, eran sotanas. Entonces, la primer prenda que aprendí a hacer fue un guardapolvo negro, que es como un sustituto interno de la sotana, porque la sotana se utiliza para momentos o actos especiales.

—Se suele decir que la sastrería artesanal requiere una paciencia casi espiritual. ¿Cuánto de la meditación y el silencio del monasterio se trasladó hoy a tu mesa de corte y a la minuciosidad del bespoke?

—La sastrería artesanal requiere de mucha paciencia, y es casi espiritual. Te diría que yo la vivo como una vocación, que fue lo que aprendí. Aprendí que la vocación es una elección, no es una determinación de un ente externo que te llama, sino que es una decisión propia. Eso lo cambié, porque claramente la vocación religiosa me la había dado Dios, y hoy mi vocación por cubrir, proteger y dar seguridad, que es lo que hago con las prendas que creo, es mi elección, es lo que quiero hacer durante mi vida, y es lo que le estoy aportando a la sociedad: ropa bella, bien hecha y bien construida, con el mayor nivel de personalización que se pueda hacer. Y para eso, requiere de esta paciencia monástica, y esta dedicación vocacional, como la puede tener un médico o un sacerdote o un monje, yo lo pienso igual. Es lo que le brindo a la sociedad, y quiero pensar que brindo más de lo que tomo. Y ese es el sentido que tengo para mi vida, de servicio.

Del voto de obediencia a tomar todas las decisiones de su vida

Záffora le remarca a GENTE que si bien al comienzo no sabía qué haría de su vida, de lo que sí estaba seguro era que no estaba dispuesto a seguir recibiendo órdenes.

—A los 28 años decidiste colgar los hábitos y salir al exterior. ¿Cómo fue ese primer día de reincorporación a la vida civil y qué fue lo que más te impactó o asustó de la sociedad moderna?

—Sí, a los 28 años decidí salir del monasterio, estaba muy lastimado porque eran continuos los ataques, y eran continuos el maltrato. Los castigos no tenían un fin pedagógico, eran para lastimar el cuerpo, el alma y la psiquis. Debilitarla y quebrarlas, porque el fundador es un enfermo. La iglesia ya tomó cartas en el asunto, y hoy disolvió la congregación y la comunidad. Esta persona realmente era un enfermo que quebraba voluntades, que casi lo logra conmigo y por eso decidí irme. Que fue una decisión muy dura, porque era saltar al abismo, abandonar la vocación que Dios me había dado, y todo el discurso, que formaba barreras enormes. Así que fue muy difícil tomar la decisión, entenderla e ingresar a un mundo que no conocía. Era como cambiar de planeta, adaptarme a una nueva atmósfera, a nuevos recursos y sin contención. La única contención que fue muy importante para mí, y lo sigue siendo, es mi hermana. Qué me recibió en ese momento tan crítico y vulnerable, porque yo de momento me sentia desollado en una tormenta de arena, fue una etapa muy dolorosa.

—Salir al mundo sin una red comercial ni conocimiento de la industria de la moda actual debe haber sido abrumador. ¿Cómo lograste dar los primeros pasos económicos y profesionales recién salido del claustro?

—Tuve mucha ayuda de mi hermana, y otras personas que fueron muy buenas. De mi historia rescato que hay personas buenas en la vida, que se brindan en momentos así de tanta vulnerabilidad. Yo tarde 5 años en responderme una pregunta, tal vez muy simple, “qué se hacer: sé cocer” y “qué hago con esto”. Ahí me di cuenta que lo que sabía de costura no alcanzaba para arrancar un proyecto importante. Así que empecé a practicar, haciendo arreglos de ropa a algunos amigos, y a su vez, aprendiendo con otros maestros sastres, lo que me faltaba para hacer trabajos más sofisticados. No es tan sencillo como parece, es bastante complejo hacer los trajes que hacemos, y toda esa etapa fue de aprendizaje, y te diria de normalización, aunque no lo logré del todo, porque tan normal no soy (se rie), y después de esos 5 años de haber salido, empecé con este emprendimiento, los primeros pasos, que hoy ya lleva 16 años de trabajo.

Nicolás Záffora junto a alguno de los tantos diseños a medida que le encargan clientes que van desde diplomáticos, empresarios a figuras como Iván de Pineda u Ova Sabatini.

—Qué hábitos de la vida monástica tuviste que deconstruir o tratás de cambiar activamente en tu presente para no replicar esa rigidez con vos mismo o con tu entorno?

—Bueno, entre los hábitos que cambie de aquella vida, te diria que fue todo muy paulatino. Fijate el cambio radical: de voto de castidad, a formar una familia. De voto de pobreza, a construir una economía personal, y de voto de obediencia a tomar yo todas mis decisiones de vida. Tuve que aprender mucho, porque yo estuve en un formato de vida en el que todo estaba decidido y articulado por otros, tanto sea en el internado militar como después en el monasterio. Así que tuve que madurar un montón en esos años que por lo general a los 28 una persona ya tiene otro backup. Fue un gran cambio y un gran desafío.

—Alguien que venía de coser sotanas terminó vistiendo a las figuras más elegantes del país, como Iván de Pineda. ¿Cómo se logra irrumpir y ganar semejante renombre en una industria tan competitiva y a veces superficial desde un lugar tan ajeno?

—Eso requirió de una gran transformación, lo que yo hago en mi marca o mi negocio, primero lo hice en mi interior y después eso salió y se plasmó. Primero me construí a mí, y después creer la marca, el estilo y la calidad de la marca. Pero requirió de una transformación propia. Para llegar a trabajar con Iván (De Pineda), primero tuve que llamarle la atención varias veces cuando nos cruzamos. De hecho, cuando me lo presentaron por primera vez me dijo: “Te vi, me encanta tu estilo y pensé que eras extranjero”. Ahí nos pusimos a charlar y le conté lo que hacía, y le encantó. Eso me dio gratificación, porque no se cuantas personas en el mundo pueden decir que han vestidos las marcas más importantes como Ivan, no son muchos, y tener elogios de él cuando prueba las prendas que hago y las vamos moldeando a su cuerpo, es un gran halago para el trabajo y me da mucha gratificación.

—¿Qué crees que busca un hombre o unos de tus clientes cuando entra a tu atelier en Recoleta?

—Los hombres tenemos un problema histórico, que es que la civilización, desde que tenemos registro de ella, nos brindó la solución social con los uniformes. Esto creó, a lo largo de los últimos milenios, una falta de habilidad en la masculinidad para el vestir. Porque siempre estuvieron los uniformes. En el siglo XX el gran uniforme unificador fue el traje sastre, en cualquier versión. Antes solo se hacía a medida, y luego fue por talle y despues las versiones semi medidas. Esta exigencia social de representación, en el siglo XXI empieza a declinar, y hoy en día estamos en la era de la hiperindividualizacion. Entonces cada hombre a la mañana tiene que ver cómo se muestra, cuál es su identidad, qué quiere decir con lo que viste, y eso ya no es tan sencillo. Entonces muchos vienen o por eventos puntuales, o por vida cotidiana. Yo resuelvo varias cosas: que comunican, qué comunican, y cuando comunican. Yo en eso soy especialista, en imagen masculina. Así que te puedo decir que lo que buscan son soluciones de imagen, aveces para un evento puntual y a veces para una etapa de su vida o todas.

La paciencia monástica convertida en alta sastrería y el diseñador que primero se construyó a sí mismo

Escuchar hablar a Nicolás Zaffora sobre un traje es entender que para él la confección trasciende la moda. Habla de vocación. De servicio. De responsabilidad.

Así, tras un comienzo incierto y una reincorporación al antiguo mundo que supo conocer de chico, con el tiempo llegaron nombres como Iván de Pineda, empresarios, diplomáticos y referentes del mundo cultural.

Zaffora posa junto a un exclusivo e innovador traje de motoquero que está confeccionando a medida.

Pero Záffora asegura que antes de construir una marca tuvo que reconstruirse a sí mismo: «Primero me construí yo y después construí la marca«. Un camino que terminó de consolidarse este año cuando recibió el Martín Fierro de la Moda como Mejor Diseñador de Moda Masculina.

—Fuiste galardonado como el Mejor Diseñador de Moda Masculino en los Martín Fierro de la Moda este año. ¿Qué significó este premio para vos y a quién se lo dedicas?

—El Martín Fierro lo compartí con todo mi equipo, porque todas las cosas que se ven qué hacemos , las hacemos con todo el equipo. Hay un montón de partes que nos distribuimos. De hecho, el premio quedó dando vuelta entre las mesas de corte y costura en el Atelier. Me gusta ver este proyecto como un laboratorio, en el que continuamente estamos experimentando sobre nuestros métodos y nuestros diseños, y nos quedamos con los cambios que nos gustan. Es esta actitud, peligrosa, porque los cambios generan errores, pero cuando recibí el premio, dije: “Bueno, el método funciona”.

Nicolás posa junto a su Martín Fierro a Mejor Diseñador de Moda Masculina.

—Si pudieras viajar en el tiempo y mostrarle este premio al joven monje que cosía a mano en la penumbra del convento, ¿qué creés que te diría?

—Si pudiera viajar en el tiempo para mostrarle este premio y los logros a ese chico, al hermano Nicolás, él no lo hubiera creído, no lo creería posible. Porque en ese momento, tanto maltrato me había hecho mucho daño interno, y eso llevó mucho tiempo repararlo. Armar las estructuras sólidas de mi mundo interior, de encontrar aquellos motivos, donde encontraba motivación, el sentido que encontré, todo eso vino después.

—Al mirar tu agenda, tus viajes sartoriales por la región y el prestigio actual, ¿qué sentís genuinamente respecto a tu presente hoy? ¿Lograste alcanzar la paz que buscabas a los 18 años?

—Sí, lo logré. Pero es de hace poco, no es de cuando salí del monasterio. Cuando salí del monasterio encontré un tipo de paz, pero quedé durante muchísimo tiempo con una alerta altísimo en el sistema nervioso, totalmente inmanejable, que me llevó mucha gestión pra aprender a regular el sistema nervioso, y no estar en alerta permanente, poder descansar, poder relajarme y sentir calma en mi interior. Pero bueno, toda esa intranquilidad me hizo moverme mucho más fuerte y arrastrar un carro enorme que fueron todos los comienzos, porque como cualquier emprendimiento esos comienzos son de muchísimo esfuerzo. Pero hoy te puedo decir que estoy en paz.

—Para cerrar la nota: tu vida parece dividida en tres capítulos perfectos (el militar, el monástico y el de la alta costura). ¿Cómo ayudó finalmente esa etapa oscura/dura y rigida de tu pasado a forjar la luz y el éxito de tu presente?

—Esas etapas forjaron mi presente. Un presente en el que estoy contento con mi vida, con lo que hago. Todo lo que hago tiene sentido, ese es el éxito. El éxito no es tanto en que los demás reconozcan que lo que hice es valioso, si está bienvenido sea, pero el mayor éxito es que mi vida tiene sentido para mí y para los que amo.

Fotos: Cande Petech
Especial agradecimiento a Gabriela Guerrero Marthineitz.