La psicología y la salud emocional encuentran en la relación con perros y gatos mucho más que una simple preferencia cotidiana. Diversos especialistas sostienen que la afinidad por una u otra mascota puede reflejar rasgos profundos de la personalidad, necesidades afectivas y experiencias acumuladas a lo largo de la vida.
Aunque en la rutina diaria elegir entre perros o gatos parezca una decisión trivial o tema habitual de conversación, detrás de esa inclinación aparecen elementos vinculados al carácter, la manera de relacionarse y los recuerdos emocionales de cada persona.
QUÉ SIGNIFICA ELEGIR ENTRE PERROS Y GATOS SEGÚN LA PSICOLOGÍA
Para el psiquiatra Sergio Grosman, integrante de APSA y APA, optar por un perro o un gato también implica elegir una determinada forma de relacionarse. Explicó que detrás de esa decisión aparece un tipo específico de vínculo y compromiso emocional. Mientras el perro suele asociarse con la rutina, la cercanía y la presencia permanente, el gato representa una relación con mayor autonomía y distancia.
María Fernanda Rivas, psicóloga y psicoanalista de APA, señaló que el vínculo con los animales muchas veces comienza desde la infancia, incluso antes de que exista una elección consciente. Según indicó, el cariño y la conexión con las mascotas suele transmitirse dentro del entorno familiar de generación en generación. En ese sentido, una investigación desarrollada en Reino Unido sobre casi 15 mil familias concluyó que las experiencias de las madres con animales durante su niñez influyen en la presencia de mascotas en las generaciones posteriores.
Alejandra Gómez, también psicoanalista de APA, remarcó que perros y gatos ocupan un lugar profundamente afectivo en la vida cotidiana de muchas personas. Según explicó, su compañía puede resultar clave en períodos de soledad, procesos de duelo o momentos de fragilidad emocional, ofreciendo una presencia silenciosa pero constante.
Desde la mirada de la psicóloga especializada en infancias Charo Maroño, las preferencias suelen reflejar distintas maneras de vincularse. Mientras el perro aparece como un animal expresivo, cercano y demandante de atención, el gato mantiene una relación más independiente y afectuosa bajo sus propios tiempos.
La convivencia con perros generalmente está asociada al movimiento y la interacción permanente. Paseos diarios, saludos efusivos y rutinas compartidas forman parte de ese vínculo. Tanto Grosman como Gómez coincidieron en que quienes eligen perros suelen sentirse cómodos con relaciones más demostrativas, físicas y activas. Además, Maroño sostuvo que las obligaciones vinculadas al cuidado del perro favorecen el contacto social y la actividad cotidiana.
Rivas agregó que, para muchas personas, el perro representa el primer compañero afectivo durante la infancia. Su presencia puede ayudar a atravesar cambios importantes como el inicio escolar o la llegada de un hermano. Ya en la adultez, la mascota funciona muchas veces como sostén emocional y organizador de rutinas. “Da la sensación de tener alguien a quien cuidar”, resumió la especialista.
La ciencia también encontró ciertas tendencias. El psicólogo Sam Gosling, de la Universidad de Texas, realizó un relevamiento con más de 4.500 participantes y observó que quienes prefieren perros presentan niveles más altos de extroversión y responsabilidad. Esa tendencia fue respaldada posteriormente por la James Cook University en 2024.
En cambio, quienes se inclinan por los gatos suelen valorar más la independencia y los espacios personales. Maroño destacó que este tipo de mascota requiere menos atención constante y permite una convivencia más flexible. Como ejemplo, explicó que mientras un perro necesita paseos y cuidados permanentes, un gato puede permanecer solo durante algunos días con comida y agua suficiente.
El gato suele acercarse bajo sus propias condiciones, mantenerse al margen del ruido y retirarse cuando el entorno se vuelve demasiado intenso. Grosman señaló que las personas que los prefieren tienden a mostrar rasgos algo más introvertidos, aunque aclaró que esas diferencias no determinan completamente la personalidad.
Para Gómez, la relación con los gatos se construye sobre la autonomía compartida y el respeto por los tiempos individuales. Según explicó, son animales menos demandantes, más ligados al territorio y a una compañía tranquila.
Rivas describió además que la interacción con los gatos favorece momentos de calma e introspección. El ronroneo, la cercanía silenciosa y la convivencia tranquila generan una forma particular de acompañamiento que muchas personas valoran especialmente en etapas de aislamiento o búsqueda de tranquilidad emocional.
Los especialistas coincidieron en que la elección entre perros y gatos está fuertemente atravesada por la historia personal. Grosman explicó que los animales presentes en la infancia suelen convertirse en el primer modelo de vínculo afectivo. Por eso, las preferencias familiares dejan marcas duraderas en la forma de relacionarse con las mascotas.
Maroño agregó que las distintas etapas de la vida también influyen en esa elección. En muchos casos, el animal aparece como refugio emocional, compañía silenciosa o puente entre el mundo interno y el exterior.
Con el paso del tiempo, las mascotas terminan incorporándose plenamente a las dinámicas familiares. Según observó Rivas, perros y gatos suelen adoptar hábitos, rutinas e incluso ciertos rasgos de quienes conviven con ellos, al punto de ser considerados un integrante más del hogar.
La psicología analiza patrones y tendencias, pero los especialistas coinciden en que el vínculo con un animal trasciende cualquier clasificación. En definitiva, la elección entre perros o gatos muchas veces refleja la manera en que cada persona construye afectos, busca compañía y entiende el vínculo con el otro, ya sea a través de ladridos, maullidos, cercanía permanente o silencios compartidos.
