En los últimos días, se registraron dos ejemplos del enfoque extremo con el cual Milei enfrenta las presiones que intentan desviarlo de su rumbo. En el caso de Adorni, las posibilidades del Gobierno son una obra en construcción: todavía falta el último ladrillo que decida quién se queda con la victoria, si el oficialismo o la oposición. En el otro caso, relacionado con los conflictos en las universidades, el Gobierno debió ceder aunque lo presentó como un triunfo. Es relevante reflexionar sobre por qué en un escenario frena y en otro, avanza.
El asunto Adorni, aún en curso, representa una aceleración y escalada en la construcción de una realidad alternativa que desafía los hechos palpables para la sociedad argentina. A pesar de la investigación judicial por presunto enriquecimiento ilícito, que aún está lejos de un veredicto, el miércoles pasado el mismo Adorni admitió en un canal de televisión que había mentido abiertamente durante su comparecencia en la Cámara de Diputados el 29 de abril, afirmando: “Nunca existió ocultación alguna”. Ahora, esa ocultación se evidenció gracias a sus propias palabras y escritos.
No obstante, Milei reafirmó su apoyo a su jefe de Gabinete. A pesar de que existe una prueba contundente sobre la mesa, Milei se niega a frenar o desviar su rumbo, manteniendo el respaldo a Adorni. Este juego del gallina se intensifica de manera sorprendente: el acelerador parece romper el velocímetro. Se evidencian varios aspectos en este sentido. En primer lugar, sigue en su puesto un jefe de Gabinete que ha cometido un grave “crimen político”, mintiendo claramente a todos: a la Cámara de Diputados en una presentación oficial, al Presidente que celebró su intervención, a los ministros del Gabinete que lo respaldaron ese día y, en definitiva, a la ciudadanía.
La escena del “crimen” se enmarca en un informe de gestión que es obligatorio por mandato constitucional. Tan solo esto, sin esperar a un fallo judicial, en una democracia convencional sería suficiente para que renunciara. Sin embargo, en la Argentina mileísta, la institucionalidad parece reescribirse.
Desde 1994, año en que se estableció el cargo de jefe de Gabinete, la asistencia a la obligación de presentarse en el Congreso ha sido escasa, según un informe de Chequeado. En el primer lugar de cumplimiento se encuentra Jorge Capitanich, en los años 2002 y 2013-2015, con un 57 por ciento; le sigue Marcos Peña durante la presidencia de Cambiemos con un 56 por ciento; en tercer lugar, Eduardo Bauzá en el menemismo con un 50 por ciento y, en el cuarto, Jorge Rodríguez, también bajo Menem, con un 38 por ciento. En quinto lugar, se posiciona Guillermo Francos, antecesor de Adorni, con un 36 por ciento de cumplimiento.
Es evidente que, en las presentaciones ante el Congreso, la narrativa de los jefes de Gabinete responde a la lógica política. Muchas de las respuestas son discutibles y, en ocasiones, se basan en información errónea. Esta mecánica es reprobable, pero se integra a la dinámica política donde oficialismo y oposición actúan con distintas estrategias.
Sin embargo, la anomalía de Adorni es aún más preocupante: debió presentarse al Congreso al menos en dos ocasiones desde su nombramiento en noviembre, pero no lo hizo; la única vez que compareció fue no solo para informar sobre la gestión del Gobierno, sino también para dar explicaciones sobre su situación personal vinculada con la acusación de enriquecimiento ilícito; y lo más grave, mintió sin contemplaciones.
El otro punto que resalta la estrategia extrema del oficialismo es la argumentación de Adorni durante una entrevista reciente. La evidente manipulación de los hechos convierte sus respuestas en un caso único que desafía la credibilidad. Recurrió a la excusa de que “eran tiempos difíciles donde no dormíamos”, en referencia a los primeros meses de su gestión y a la presión que enfrentaba el Gobierno en un contexto crítico. Evitó responder preguntas concretas y optó por desacreditar cuestionamientos basados en verdades. Justificó su declaración jurada de 2023, al asumir, como producto de la presión, y reconoció varios delitos que se podrían encuadrar como evasión y omisión maliciosa, tratando de eludir la acusación de enriquecimiento ilícito. También utilizó a sus hijos como justificación para la adquisición de nuevos bienes y mudanzas, argumentando que priorizaba la seguridad personal y familiar. Citó una premisa ideológica de su partido para justificar su evasión: “no lo declaramos porque la manera de escapar de la vieja política era tener un ahorro en negro”, sin reconocer que continuó aplicando la misma justificación durante la presidencia de Milei.
En un intento de acercarse a Patricia Bullrich, mencionó: “Nos llevamos tan bien que le compré una torta para su cumpleaños”. Y, de manera cuestionable, intentó convertir a la ciudadanía en cómplice de acciones ilícitas afirmando: “Ahorramos en negro, como todos los argentinos”.
Con el visto bueno de Milei y su esposa, Adorni continuó jugando al juego del gallina, llevándolo al extremo mediante la manipulación abierta de la realidad y la credulidad de la sociedad.
En el ámbito de las universidades, el Gobierno había utilizado esta misma estrategia durante meses. Sin embargo, debió ceder, afectando a miles de estudiantes que, en muchos casos, perdieron el primer cuatrimestre, atrapados entre la postura del Gobierno y la demanda de docentes y no docentes, quienes enfrentan una caída salarial del 40 por ciento.
Tras la sanción de la Ley de Financiamiento Universitario el 21 de agosto pasado, el Gobierno resistió, vetando la ley después de su aprobación y evadiendo enmiendas al respecto. Sin embargo, luego de alcanzar un acuerdo con los gremios, aparentemente logró un triunfo al establecer un incremento salarial docente del 24,33 por ciento, que dista del 50 por ciento solicitado por la ley para recuperar pérdidas pasadas.
Sin embargo, lo que se presenta como un triunfo es, en realidad, la primera derrota de 2026 en la gobernabilidad de Milei a través del juego del gallina. La administración tuvo que renunciar a un argumento clave de su política fiscal para evitar, o al menos postergar, un fallo desfavorable de la Corte Suprema sobre la Ley de Financiamiento Universitario. La idea de que no se puede aprobar una ley que incremente el gasto público sin señalar el origen de los fondos fue desmentida por el mismo Luis Caputo, quien autorizó nuevas asignaciones presupuestarias y calmó el conflicto.
De esta forma, las universidades mantuvieron su reclamo central: la aplicación de la Ley de Financiamiento, que sigue vigente ante la Corte.
Estos dos casos ponen de manifiesto la psicología política de Milei: una especie de desapego mesiánico donde muestra una disposición a perder elecciones con tal de sostener sus ideales. Esta lógica ha marcado la gobernabilidad en gran parte de 2025, aplicándose en situaciones como la de Garrahan, discapacidad y universidades. La derrota en la provincia de Buenos Aires en septiembre de 2025 frenó momentáneamente su avance, aunque la victoria nacional de octubre le dio vía libre nuevamente. La dinámica se repitió con Adorni, mientras que con las universidades finalmente cedió.
Las razones por las cuales el Gobierno eligió bajar la intensidad con las universidades pero no ha hecho lo mismo con Adorni son complejas. En el caso universitario, desde la Universidad de Buenos Aires se detecta un posible interés del Gobierno y una posible negociación con la Corte Suprema. Según algunas versiones, el nombramiento de Emilio Rosatti como juez podría estar vinculado a estas conversaciones.
El Gobierno no poseía señales claras sobre las decisiones de la Corte. La negativa a la recusación encendió alarmas en el oficialismo. Un fallo favorable a la Ley obligaría a un incremento del 50 por ciento en salarios, lo que lograron evitar mediante un acuerdo. Esto alivia la presión social sobre la Corte, permitiendo retrasar el fallo de fondo y podría volverse irrelevante si antes se concreta la negociación del presupuesto para 2027. El pragmatismo se impuso al juego del gallina.
El desafío Adorni, por su parte, presenta más dilemas. Por un lado, enfrenta la tendencia al “desprendimiento mesiánico” de Milei. Por otro, la cuestión electoral: Milei observa detenidamente la conexión entre la mejora de indicadores macroeconómicos y la percepción de la economía por parte de la sociedad. Hay consenso en que si esta brecha se reduce y la aprobación económica crece, la figura de Adorni podría perder peso en la percepción pública.
