Pablo Cánepa murió este lunes a los 39 años tras acceder a la eutanasia en Uruguay, un derecho que él mismo defendió públicamente durante los últimos años de su vida. Su caso trascendió las fronteras de su país porque puso rostro a un debate sensible: el de las personas que enfrentan enfermedades irreversibles y reclaman la posibilidad de decidir cómo atravesar el tramo final de su existencia.
La noticia fue confirmada por su hermano, Eduardo Cánepa, a través de las redes sociales. «Rodeado del amor de su familia y amigos, Pablo partió este lunes de este mundo», escribió. Más tarde agregó que se había despedido «con el humor que lo caracteriza hasta sus últimos minutos».

Detrás de esa despedida hubo una historia marcada por una enfermedad tan devastadora como difícil de diagnosticar. Desde hacía cuatro años, Pablo convivía con una condición neurológica progresiva que fue deteriorando su cuerpo hasta dejarlo completamente paralizado.
Qué enfermedad tenía Pablo Cánepa
Pablo padecía ataxia cerebelosa idiopática, una enfermedad neurológica de origen desconocido que afecta la coordinación de los movimientos y que puede avanzar de manera progresiva e irreversible.
Los primeros síntomas aparecieron en 2022. Lo que comenzó como mareos y problemas de equilibrio rápidamente se transformó en un cuadro mucho más grave.
«Primero, empecé con mareos que me parecieron normales. Después, fui al hospital y me dijeron que podía ser un ACV. Fue gradual y rápido, en dos o tres meses quedé así», había contado en una entrevista.
A partir de entonces inició una extensa búsqueda de respuestas. Se sometió a numerosos estudios y fue evaluado por especialistas en Uruguay, Argentina y Estados Unidos. Incluso permaneció internado durante un mes en el Fleni de Escobar. Sin embargo, los médicos nunca lograron establecer un diagnóstico definitivo sobre el origen de la enfermedad.
Según explicó su hermano Eduardo, una de las hipótesis era que se tratara de un trastorno autoinmune. «Lo más probable es que sea autoinmune, pero no tiene una explicación. Mueren las neuronas motoras y no se regeneran», señaló.

Con el avance del cuadro, Pablo perdió prácticamente toda su movilidad. También comenzó a tener dificultades para mover los ojos. A pesar de ello, mantuvo intactas sus capacidades cognitivas, una situación que le permitió seguir participando activamente de la vida pública y expresar con claridad sus deseos respecto de su futuro.
De diseñador gráfico a símbolo de la muerte digna
Antes de la enfermedad, Pablo llevaba una vida completamente normal. Tenía una destacada trayectoria como diseñador gráfico, disciplina que estudió en la Universidad de Montevideo. Aunque no llegó a graduarse, su talento le permitió ganar concursos, recibir premios y participar en congresos internacionales.
Con el paso de los años, su historia se transformó en una de las más representativas dentro del debate por la eutanasia en Uruguay. Junto a su familia acompañó el tratamiento legislativo de la Ley de Muerte Digna y defendió públicamente el derecho a elegir. «Estoy tranquilo y seguro de mi decisión», afirmó durante una entrevista realizada el año pasado.
El 15 de octubre de 2025, Uruguay aprobó la Ley de Muerte Digna y se convirtió en el tercer país de América Latina en legalizar la eutanasia, después de Colombia y Ecuador.
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