El doctor en Biología salteño Enrique Derlindati no dudó en calificar lo ocurrido hace ya algunos años en Tolar Grande como una oportunidad desperdiciada. Para él, los Ojos de Mar fueron mucho más que una postal impactante de la Puna, representaban un ecosistema único en el mundo, con microorganismos casi idénticos a los que habitaron la Tierra en sus orígenes. “Era nuestro pequeño mundo perdido”, resumió, al repasar una historia que, según su mirada, combina burocracia y decisiones mal tomadas.
El punto de partida fue en 2008, cuando la investigadora María Eugenia Farías describió allí un sistema microbiano extremófilo en el marco de sus trabajos para el CONICET. El hallazgo puso a Salta en el mapa científico internacional. Sin embargo, en lugar de consolidar un polo de investigación, lo que siguió fueron sanciones administrativas y trabas que frenaron la continuidad del proyecto en la provincia. Derlindati sostiene que ese fue el primer gran error, “en vez de proteger y potenciar el descubrimiento, de alguna menera se lo empujó afuera”.

Las investigaciones continuaron en otras provincias y países de la cordillera andina. A partir de esos sistemas microbianos se desarrollaron bioestimulantes agrícolas capaces de mejorar la fijación de nitrógeno, regenerar suelos y aumentar el rendimiento de cultivos como trigo, soja, cebada, algodón y poroto. El proyecto derivó en una empresa que hoy funciona en Tucumán, genera empleo científico y atrajo inversiones internacionales, incluso el interés del empresario Bill Gates. “Esa empresa podría estar radicada en Salta”, remarcó el biólogo.
Pero el golpe final, según Derlindati, llegó en 2022. En la segunda mitad de ese año se construyó una pasarela sobre el sitio con fines turísticos. El objetivo era ordenar el acceso y proteger el área, que ya había sido declarada protegida. Sin embargo, el especialista cuestionó que no se realizaron estudios previos adecuados ni se convocó a profesionales con incumbencia específica en biodiversidad. El resultado fue que el ecosistema cambió drásticamente. Los Ojos de Mar, antes cristalinos y con actividad microbiana visible, se transformaron en una laguna marrón.

Lo más preocupante, subrayó, es que no existen datos claros que expliquen qué ocurrió.
“No sabemos con certeza qué variable se modificó ni si fue la intervención humana o un proceso natural. Y eso es gravísimo en un área protegida”, afirmó.
Para Derlindati, la ausencia de monitoreo y de información científica básica expone una falla estructural en la gestión ambiental.
Experiencia y esperanza
Aun así, recordó que existen sistemas similares en el mismo salar y en salares cercanos, aunque ninguno con la visibilidad ni el potencial turístico y científico que tenían los Ojos de Mar de Tolar Grande. Para el biólogo, el desafío ahora es aprender de lo ocurrido y demostrar que el desarrollo sustentable no es solo un discurso. “Si no hay compromiso real, vamos a seguir perdiendo capital natural que no se recupera”, advirtió.

Hoy, lo que queda son fotografías que circulan en redes sociales y el recuerdo de un ecosistema que pudo haber sido emblema de la ciencia andina. Para Derlindati, la historia de los Ojos de Mar no es solo ambiental, es también una lección sobre cómo se puede dejar pasar una oportunidad histórica.
