Para varios analistas, en las últimas semanas aparecieron señales inesperadas en las preferencias monetarias de Argentina. En contraste con numerosas situaciones del pasado, el peso pasó a ser considerado un instrumento adecuado para cierto tipo de ahorro y transacciones.
Así, observamos que no solo la cuenta comercial del balance de pagos aporta divisas, sino que también se generan desde componentes de las cuentas capital y financiera. El manejo y sostenibilidad de esos influjos netos presentan nuevos desafíos.
Tengamos en cuenta que, así como se dolarizaron más de u$s 30.000 millones en 7 meses de 2025, ahora nos encontramos con período donde las entradas netas provocan la apreciación nominal del tipo de cambio mientras el BCRA interviene comprando (más de u$s 2.000 millones en lo transcurrido de 2026).
En el marco de esta nueva situación, las autoridades se encuentran ante un nuevo ambiente para la toma de decisiones. En los extremos, pasan por sí y cómo transitar el arduo camino de rescatar al peso como moneda viable o, teniendo en cuenta las pautas de comportamiento recurrentes en el país, ir por una vía corta que lo relegue.

El contexto para ello es complejo. Se observa una inflación resistente y resiliente y dificultades manifiestas en ciertos sectores de la actividad económica, cuestiones pendientes para mejorar la competitividad local, pero insertos en un mundo de crecientes tendencias proteccionistas.
Otro aspecto a considerar es que el flujo de intercambio comercial no se condice con las preferencias de moneda de ahorro del público. El comercio con China y Brasil y Europa representó el 48% del total en 2025, pero la moneda comparable por argentinos es el dólar.
Si bien en la práctica, se puede sostener que deberían ser las personas quienes seleccionen la moneda para el ahorro y las transacciones, sin mayores restricciones. Aun en ese caso, las decisiones que tomen estarán influidas por los sesgos que el Estado establezca en el diseño de la política monetaria y cambiaria.
Además, y particularmente al inicio de este proceso, se requiere un ente que supervise el funcionamiento ordenado del mercado y organice una transición neutral y ordenada de la economía incorporando elementos que le den estabilidad, credibilidad y transparencia.
La salida traumática de la Convertibilidad en 2003, que mostró una inflación acumulada para todo ese año del 3,7%, es un ejemplo que permite pensar que el objetivo es alcanzable. Por supuesto, como tantas otras veces, los años posteriores han puesto en evidencia las dificultades para sostener los logros entonces alcanzados.
El recorrido
El objetivo del diseño de las políticas cambiario/monetarias debería apuntar a la estabilización del mercado cambiario en niveles y formas operativas sostenibles, acompañando el equilibrio en las cuentas fiscales y monetarias, pero que eviten incorporar elementos que exacerben volatilidad en una economía expuesta a una importante transición en su matriz productiva. Implica lograr una mayor articulación micro con la macro.
Así se buscaría que haya un acompañamiento entre ingresos y gastos, tanto a nivel público como sus agentes privados. Además, permitiría ir bajando la exposición al uso de fuentes extraordinarias de financiamiento y a riesgos no controlables.
En el punto de partida del diseño de las políticas es necesario tener presente que lo observado en el mercado no es aleatorio.
Refleja una síntesis de encuentros de precios y cantidades donde la decisión de los agentes, privados o públicos tiene en cuenta los rendimientos esperados en dólares y en pesos de los activos y arbitran entre ellos considerando expectativas de depreciación del tipo de cambio, de inflación y la tasa de interés en pesos para un determinado riesgo. En particular en el contexto actual donde el dólar en el mundo tiende a depreciarse frente a otras monedas.
Considerando el punto de partida, un primer paso es comprar y acumular reservas internacionales sin desequilibrar el mercado monetario y financiero.
Para ello, los roles del Tesoro y BCRA serían los siguientes:
a. El Tesoro compra dólares con pesos que logra con recursos fiscales o de emisión de deuda local, mejorando el perfil de vencimientos de sus obligaciones y su exposición a monedas.
b. El BCRA acumula reservas, y cuando emiten los pesos correspondientes, contempla esterilización a través de operaciones de mercado abierto buscando un resultado neutro entre activos y pasivos y remuneraciones recibidas y pagadas por sus activos y pasivos.
En esa línea se podría complementar con medidas que mitiguen vulnerabilidades:
1. La instrumentación de normas prudenciales para los flujos de fondos para mitigar efectos de una posible exacerbación de movimientos de capitales de corto plazo (ej. el uso de “desaceleradores” como puede ser la utilización de encajes)
2. Pautas para el uso de fondos de tomadores de fondos, como ser plazos mínimos de endeudamiento adicional.
3. Normas prudenciales para limitar los descalces en el otorgamiento de créditos (p.ej., de monedas o garantías) entre ingresos y egresos de préstamos determinados, particularmente cuando hay cierto respaldo público a instrumentos como depósitos bancarios.
4. Atender cuestiones asociadas con mejorar la competitividad reduciendo costos de funcionamiento en la transformación de recursos financieros locales (ahorros o saldos monetarios) que superan las alternativas internacionales existentes.
De estas pautas se infiere la necesidad de intervención del Tesoro y BCRA en roles diferenciados en los mercados cambiario, y monetario. En particular, incentivar la demanda de pesos, a un tipo de cambio sostenible en el tiempo y menos volátil podría implicar inicialmente el pago de un premio por posicionamientos en activos locales el corto plazo que será decreciente en el tiempo.
Entre otros efectos, en la cuenta agregada el costo se compensaría con el beneficio que recibe por señoreaje (interés no pagado por dinero transaccional) y, particularmente por la mayor actividad económica y sus múltiples derivaciones.
