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Nadie confunde cámara con molotov

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El ataque brutal de agentes de la Policía Federal al camarógrafo Facundo Tedeschini no solo muestra una cierta obsesión del Gobierno por el ocultamiento -idéntico en ese punto al de la mayoría de los gobiernos argentinos del siglo XXI- sino que señala problemas institucionales en materia de seguridad.

El comunicado posterior de la Policía Federal debió haberse omitido hasta que se definiera la investigación sumarial de los hechos. La descripción que hace ese texto de lo que ocurrió ayer frente al Congreso difiere en absoluto del desmesurado ataque que fue visto en vivo por todo el país.

En primer lugar, porque no explica cómo pudieron los activistas de Greenpeace sortear las vallas e instalar los doce inodoros sobre los que se sentaron para repudiar la reforma de la Ley de glaciares. Cabe preguntarse si en lugar de tratarse de pintorescos ambientalistas, bastante ridículos, los manifestantes hubieran portado, por ejemplo, bombas incendiarias, como las registradas en las últimas movilizaciones de los miércoles.

La tardía reacción policial fue desmesurada, si se considera que el grupo de manifestantes era muy pequeño y habían optado por una presentación escénica y silenciosa. La violencia con que Tedeschini fue empujado al suelo con su cámara, y pateado cuando no podía defenderse, desautoriza a los policías ante todos los que vieron la transmisión.

El camarógrafo intentaba hacer lo que corresponde a su profesión: registrar la detención de los doce activistas. Sin embargo, fue él detenido y maniatado; luego llegaron casi en forma simultánea la ambulancia del SAME (Sistema de Atención Médica de Emergencias) y la orden del juez federal Marcelo Martínez de Giorgi para que fuera liberado de inmediato. Contrariamente a lo que dice el comunicado, Tedeschini ingresó detenido al centro médico y, luego de que lo asistieran, ya no encontró al policía de custodia.

La violencia desplegada es inexplicable porque la magnitud del peligro que representan los ataques planificados por parte de activistas realmente desestabilizadores, que han desplazado de las calles a los gremios y a los jubilados, por ejemplo, es incomparable con doce inodoros en la escalinata del Congreso, por escatológicos que parezcan.

La mayoría de los argentinos no quiere ver explosivos, bombas incendiarias ni baldosas o escombros convertidos en proyectiles para provocar y lesionar a los policías. De la misma forma que celebra que la estrategia política y policial del gobierno haya puesto fin a las marchas forzadas a beneficiarios de planes sociales.

El ataque que sufrió Tedeschini solo puede ser fruto de la desmesura, pero una desmesura que celebran los voceros de la posverdad, como Daniel Parisini (alias Gordo Dan), quien escribió: «Operación de manual de periodista marxista de combate. No se dejen psicopatear».

El odio a la prensa, un síntoma universal de la tormenta que atraviesa la democracia, es también una forma de odio a la verdad y a la transparencia. Tratar de reemplazar al periodismo responsable por un sistema de falsedades y calumnias -con identidades adulteradas- a través de las redes es una forma de desinformar y hacer desaparecer a instrumentos esenciales para la información ciudadana, como son los medios profesionales.

Nadie, activista o policía, puede confundir una cámara de televisión con una molotov. La desmesura es consecuencia, muchas veces, del enceguecimiento.

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