Mientras muchos analistas de política internacional advierten sobre los peligros del ataque norteamericano e israelí contra Irán, Donald Trump exhibe una confianza casi insolente en su capacidad de gestionar las consecuencias.
Esa seguridad se apoya en un patrón: cada vez que el «establishment» le pronosticó catástrofes por sus conductas arbitrarias, él siguió adelante sin consecuencias. En 2018, cuando trasladó la embajada de EEUU en Israel a Jerusalén, los expertos anticiparon protestas masivas y violencia. No ocurrió. En junio pasado, cuando se sumó a ataques contra el programa nuclear iraní, se advirtió una guerra regional y una aceleración de la carrera nuclear. Tampoco se materializó. Cuando destituyó al presidente venezolano Nicolás Maduro, se dijo que su país e incluso la región caerían en el caos. Nada de eso ha ocurrido hasta ahora. Así, es fácil ver por qué Trump cree que las alarmas ante «otro» golpe a Irán son exageradas y que puede repetir su fórmula: acción contundente y salida rápida. «Los ataques quirúrgicos a menudo acaban en error médico», sentencia Rachid Benzine desde su bellísimo e imprescindible «El librero de Gaza».
Esta vez podría ser diferente por una razón incómoda: la debilidad iraní no necesariamente conduce a la capitulación; puede conducir a la radicalización. Un régimen frágil no siempre tiene margen para concesiones y, a veces, cuando queda acorralado y se juega su supervivencia, se endurece. Trump tampoco registra que Irán no es el mismo que en junio de 2025, cuando eligió desescalar el conflicto. Además, la pulsión por ser visto como un pacificador histórico lo empuja a una lógica binaria: gran acuerdo o fuerza descomunal. «Operación Furia Épica» no es sólo retórica: es una declaración de principios.
A esta ecuación se suma la nebulosidad de sus motivaciones: ¿disuasión nuclear; castigo ejemplar; cambio de conducta regional o cambio de régimen? Cuando los objetivos no se jerarquizan, el conflicto elige su propio camino. Y, para peor, el apoyo estadounidense a Pakistán en su ataque a Afganistán exacerba tensiones en el mundo musulmán y multiplica las oportunidades de represalias indirectas.
Visiones opuestas
En Washington conviven dos perspectivas que, partiendo de un mismo diagnóstico, llevan a conclusiones opuestas. La primera advierte que un ataque podría disparar una escalada regional de largo alcance con represalias letales, tensión energética y un conflicto más prolongado de lo admitido. La segunda sostiene lo contrario; el error no sería «atacar demasiado» sino hacerlo a medias.

Décadas de sanciones y golpes puntuales, dicen, mostraron su ineficacia; sólo una ofensiva amplia y sostenida podría quebrar el andamiaje del régimen y abrir paso a una transformación interna. Ambas parten de un diagnóstico común: la República Islámica está debilitada como nunca desde 1979. Sus instalaciones nucleares fueron golpeadas -aunque nadie pueda asegurar su destrucción total-. Su defensa aérea sufrió daños. Su arsenal de misiles balísticos -herramienta central de disuasión- está bajo desgaste y amenaza. Sus milicias regionales no intimidan como antes. Y su legitimidad interna se erosionó tras protestas masivas reprimidas con crueldad.
Pero, si Teherán concluye que Washington y Jerusalén buscan destruir los pilares estratégicos del sistema -capacidad misilística, aparato militar, estructura de mando; y su fundamento teocrático-; podría decidir que la única respuesta viable es contraatacar. En cualquier parte del mundo.
La clave: la sociedad iraní
Irán no necesita «ganar» la guerra para complicarla. Le basta con volverla costosa. Puede seguir golpeando bases estadounidenses en la región; activar milicias en Irak, Siria o Yemen; alterar el tráfico en el Estrecho de Ormuz afectando el mercado energético global. Puede intensificar el frente contra Israel. Puede apostar a una estrategia que transforme una intervención puntual en una crisis interminable.
Aparece, entonces, el primer dilema: ¿qué pasa si un ataque limitado no produce la rendición rápida que muchos imaginan? La idea del «golpe quirúrgico» suele ser atractiva porque promete fuerza sin un compromiso prolongado. Pero si el adversario no se quiebra la alternativa es escalar o retroceder. Y ambas opciones tienen costos internos y externos.
Además, el régimen demostró una resiliencia institucional inusitada: no es un sistema personalista frágil que depende de un líder sino que, durante años construyó una red de lealtades dentro de una burocracia amplia; fortaleció los instrumentos de represión y consolidó un entramado de poder que no se desmorona de un golpe.
Una operación limitada -aún eliminando a figuras centrales- no derriba la estructura. El régimen funciona más como un conjunto de pilares que como una pirámide. Matar al vértice no derriba la base. Por eso, argumentan, solo una ofensiva integral contra la infraestructura militar, los centros de mando y el aparato represivo interno podría alterar el equilibrio.
Y, según Trump, en este punto entra el elemento decisivo: la sociedad iraní. Es verdad que las protestas recientes revelan una fractura entre el Estado y sectores crecientes de la población, en especial jóvenes urbanos instruidos. Para estos defensores de la intervención amplia, la clave no es «imponer» un cambio de régimen desde afuera, sino crear las condiciones para que los propios iraníes puedan concretarlo: debilitar a las fuerzas de represión; interrumpir las cadenas de mando; y erosionar la cohesión del aparato.
Pero aquí surge el segundo dilema: ¿se puede, desde afuera, intervenir lo suficiente para romper este equilibrio sin desatar dinámicas que luego no se podrán controlar? Las estructuras políticas no se reemplazan automáticamente cuando se destruyen. El vacío puede abrir paso a fragmentaciones internas o a un nuevo autoritarismo surgido del propio aparato militar represivo: la Guardia Revolucionaria.
Escenarios posibles
Un ensayo de Karim Sadjadpour, «The Autumn of the Ayatollahs», advertía -antes del ataque- que en Irán ningún camino conduce a la democracia. La caída del fundamentalismo islámico no garantiza una transición a una sociedad liberal abierta. El resultado más probable podría ser una deriva hacia el modelo ruso: si la teocracia colapsa, podría emerger un líder que reemplace el islamismo por nacionalismo iraní; un «Putin persa» que no hable de Dios sino de orgullo, de agravios históricos, de grandeza nacional. Uno que prometería estabilidad y orden. Y gobernaría con oligarcas, servicios de inteligencia y más represión.
Otra variante es un golpe de la propia Guardia Revolucionaria: secularización parcial, pero control férreo. Un Irán de generales -opaco e inestable-, con misiles y sin legitimidad. El modelo chino -autoritarismo a cambio de crecimiento- parece difícil sin un giro radical. El modelo norcoreano implicaría armas nucleares como seguro de vida y un mayor aislamiento. Y un populismo electoral a la turca exigiría desmontar la arquitectura teocrática y tampoco garantizaría libertad social.
Por ahora, el nombramiento de Mojtaba Jamenei -hijo del asesinado Líder Supremo anterior, Alí Jamenei-; ultraortodoxo y con fuertes vínculos con la Guardia Revolucionaria, no augura cambios en el rumbo de Irán.
Un potencial callejón sin salida
Todo lleva a la pregunta central: ¿cuál es el objetivo final del ataque? Si es impedir que Irán reconstruya su programa nuclear, la intervención debería ser acotada. Si es modificar su comportamiento regional, exigiría presión sostenida y negociación. Pero si es derribar al régimen, el nivel de compromiso, la incertidumbre y el riesgo se disparan de manera exponencial.
La historia enseña que los conflictos más costosos comienzan con metas difusas. Cuando disuasión, negociación, fuerza y política interna se mezclan, la dinámica se impone sobre la voluntad inicial. Irán no es Irak en 2003 ni Libia en 2011. Es un Estado con un régimen consolidado, con una estructura de represión implacable y con redes regionales capaces de abrir frentes indirectos. Tampoco es invulnerable. Sus debilidades son reales y, por eso su conducta puede ser imprevisible.
La política internacional no ofrece opciones puras: no atacar puede consolidar un régimen hostil; atacar parcialmente puede prolongar el conflicto; atacar masivamente puede desatar consecuencias que superen lo imaginable. Entre contención prudente y ofensiva total, la línea es mucho más fina de lo que admiten los relatos y discursos. Y exige una sutileza de razonamiento de la cual Trump y Netanyahu carecen.
El riesgo no es sólo la escalada militar; es la ilusión de que una «acción contundente» simplifica una realidad densa y compleja. La fuerza puede destruir infraestructura, pero no fabrica legitimidad; puede debilitar cadenas de mando, pero no garantiza la transición. Cuando el voluntarismo y el pensamiento mágico dominan lo estratégico, los atolladeros dejan de ser advertencias teóricas y se convierten en realidades concretas con bajas incuantificables.
Irán está ante una encrucijada. EEUU también. Entre la confusión y el abismo, lo único claro es que no existen soluciones rápidas ni gratuitas. En Medio Oriente, los errores estratégicos no se miden en días ni en titulares: se miden en generaciones enteras. «Esta tierra es una letanía de represalias sobre represalias, de odios amontonados, de tristeza cubierta de tristeza», lamenta -con razón- Benzine.
