El ingeniero Ermal Cleon Fraze estaba de picnic cuando dispuesto a tomar una cerveza descubrió que había olvidado el destapador. Frente a él tenía varias latas cerradas y ninguna herramienta para abrirlas. Intentó resolverlo golpeándolas contra el paragolpes del auto. El resultado fue espuma, metal deformado y la frustración de un intento fallido. Lo que no sabía en ese momento es que aquel gesto impulsivo sería el desencadenante de una idea que lo llevaría a cuestionar el diseño de las tapas y, pocos años después, a transformar para siempre la forma de consumir bebidas en lata.

Fraze en ese entonces (1959) vivía en Dayton, una ciudad industrial de la región Medio Oeste de Estados Unidos. Había nacido en una granja cerca de Muncie (Indiana, Estados Unidos), pero en 1937, en plena expansión industrial estadounidense, se trasladó a Dayton en busca de oportunidades. Allí trabajó ensamblando pequeñas sorpresas promocionales para las cajas de Cracker Jack, una popular marca de pochoclos caramelizados que incluía premios en su interior.
Con el tiempo se vinculó a la industria del aluminio, uno de los sectores productivos más relevantes de Norteamérica. Era egresado de Kettering University (Michigan, Estados Unidos), donde obtuvo su formación técnica en metales y fabricación de piezas. Conocía el aluminio no solo como material, sino como comportamiento: sabía cuánto resistía, dónde cedía y cómo podía controlarse su desgarro.
Un pequeño taller mecánico en el garaje su casa
Fraze tenía un pequeño taller mecánico en el garaje de su casa, y a raíz de aquella experiencia desafortunada durante el picnic, y con esos conocimientos de la industria del aluminio en su poder, comenzó a trabajar en una idea: marcar en la tapa de aluminio de la lata una línea de debilitamiento (una incisión apenas perceptible) que delimitara el área exacta por donde debía abrirse. Sobre esa zona colocó una pequeña pieza metálica remachada. Al tirar de ella, la pieza actuaba como palanca y hacía que el metal se desgarrara exactamente por la línea prevista, creando una abertura limpia y controlada, sin necesidad de perforar la lata con un instrumento externo.
El desafío técnico no era menor. La tapa debía ser lo suficientemente resistente para soportar la presión interna de una bebida carbonatada, pero lo bastante precisa en su “punto débil” como para abrirse con la mano sin que el desgarro se propagara de manera irregular. Esa combinación entre resistencia y fragilidad controlada fue la clave del diseño.
Hasta entonces, las latas, que habían comenzado a comercializarse masivamente en 1935 en Richmond (Virginia, Estados Unidos) con la cerveza Krueger’s Cream Ale, se abrían con un pequeño perforador metálico conocido como “church key”. Era habitual usarlo, pero incómodo: había que hacer dos orificios en la tapa, uno para beber y otro para que entrara aire. Sin esa herramienta, la lata era prácticamente inútil.
Frente al vidrio, la lata ofrecía ventajas logísticas claras: menor peso, mayor resistencia a golpes y mejor aprovechamiento del espacio al transportarla. Sin embargo, mientras no se resolviera la incomodidad de apertura, su uso masivo estaba limitado. La “lengüeta” inventada por Fraze fue el elemento que terminó de inclinar la balanza.

A esta eficiencia material se suma otra ventaja: el aluminio es 100% reciclable sin pérdida de calidad. Hoy, una lata puede volver a estar en el mercado en apenas 60 días tras su reciclaje. Esta característica consolidó al envase metálico como uno de los formatos más sustentables dentro de la industria de bebidas.
En los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos experimentaba un auge del consumo masivo. La expansión de supermercados, el aumento del poder adquisitivo y la cultura del ocio impulsaron la demanda de envases prácticos y transportables. El contexto era perfecto para una innovación que simplificara la experiencia de consumo.
De un contratiempo cotidiano a una revolución industrial
En 1963, Fraze patentó el sistema en Estados Unidos y vendió la licencia a Alcoa y a Pittsburgh Brewing Company (Pensilvania, Estados Unidos), que fue la primera en probarlo comercialmente con su cerveza Iron City. El impacto fue inmediato: según los registros de la época, las ventas de la compañía crecieron un 233% en un año tras la introducción de la nueva tapa.
La adopción fue rápida. Para junio de 1963, unas 40 marcas de cerveza en Estados Unidos ya utilizaban la lengüeta de apertura manual. En 1965, cerca del 75% de las cervecerías estadounidenses habían incorporado el sistema.

Lo que cambió no fue solo la tapa, sino el hábito de consumo. La lata se volvió verdaderamente portátil. Ya no dependía de un abridor externo. Podía abrirse en un parque, en la playa o en un estadio. La comodidad impulsó el consumo fuera del hogar y aceleró la expansión del envase metálico frente al vidrio.
A finales de la década de 1950 prácticamente no existían latas de bebidas hechas completamente de aluminio. En 1963 su uso era todavía marginal. Sin embargo, hacia 1997 el consumo anual de latas de aluminio en el mundo ya superaba los 180.000 millones de unidades, convirtiéndose en la categoría más importante dentro de los envases metálicos, que en conjunto rondaban los 400.000 millones de unidades anuales.
El sistema pronto se extendió también a los refrescos. A principios de la década de 1960, empresas como Royal Crown comenzaron a comercializar bebidas carbonatadas en latas de aluminio con este mecanismo. La combinación de ligereza, resistencia y apertura sencilla consolidó al aluminio como material clave en la industria.
El crecimiento fue acompañado por una mejora tecnológica constante. A comienzos de los años 60, mil latas de aluminio pesaban aproximadamente 55 libras (unos 25 kilos). A mediados de los 70 ese peso bajó a 44,8 libras; hacia finales de los 90 se redujo a 33 libras (15 kilos), y hoy es inferior a 30 libras. En apenas cuatro décadas, el peso se redujo casi a la mitad.
Entre 1975 y 1995, la cantidad de latas de 12 onzas que podían fabricarse con una libra de aluminio aumentó un 35%. Según datos de la empresa Alcoa, el aluminio necesario para producir mil latas pasó de 25,8 libras en 1988 a 22,3 libras en el año 2000.

Esa reducción no solo implicó ahorro de material, sino menor consumo energético y menores costos logísticos. La velocidad de fabricación también se multiplicó: si en los años 70 las líneas producían entre 650 y 1000 latas por minuto, en los 80 alcanzaban 1750, y hoy superan las 2000 por minuto.
Los inconvenientes que despertaron críticas y la creencia falaz
Sin embargo, el primer diseño tenía un inconveniente significativo: la lengüeta se desprendía completamente y quedaba suelta. Millones de pequeñas piezas metálicas empezaron a acumularse en playas, parques y calles. Además de la basura visible, hubo quejas por cortes en dedos y labios, e incluso casos de ingestión accidental.
En 1975, el ingeniero Daniel F. Cudzik, vinculado a la división de latas de Reynolds Metals, desarrolló la lengüeta que permanece unida a la tapa (stay-tab). El principio ideado por Fraze, la apertura mediante una zona preincidida y desgarro controlado, se mantenía, pero el residuo desaparecía, reduciendo el impacto ambiental y los riesgos asociados.
Con el tiempo, el diseño incorporó además un pequeño orificio en la lengüeta. Aunque muchos creen que fue pensado para sostener un sorbete, su función real es mecánica: distribuye mejor la fuerza al hacer palanca y permite reducir la cantidad de aluminio utilizada en cada pieza. En una industria que produce decenas de miles de millones de latas al año, ese ahorro mínimo por unidad se traduce en toneladas de material.
Más de seis décadas después de su patentamiento, la tapa de fácil apertura (Conocida como abrefácil) permanece prácticamente intacta en su concepto original. No suele figurar entre los grandes inventos del siglo XX, pero sus cifras muestran su impacto: multiplicó ventas, aceleró la adopción masiva del envase de aluminio y modificó un gesto cotidiano en todo el mundo.
