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El DT Flores tuvo un estreno perfecto e Instituto recuperó la sonrisa: 2-0 a Central Córdoba

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Había ansiedad en las calles de Alta Córdoba. Porque la del domingo era una de esas noches en que se juega mucho más que tres puntos: se juega el ánimo, la paciencia, la fe. Instituto venía golpeado, con apenas un punto sobre doce y un cambio de timón que no despertaba unanimidades.

Pero el fútbol, a veces, tiene esos giros que parecen escritos para torcer historias. Y en el debut de Diego Flores, la Gloria encontró una de esas noches redondas que valen más que una victoria: valen un renacer.

El 2-0 ante Central Córdoba de Santiago del Estero no fue solo el primer triunfo del año. Fue la presentación de un equipo que, de golpe, pareció otro: más suelto, más agresivo, más convencido. Un Instituto que recuperó algo esencial: la confianza. Y la contagió a su gente, que se fue del Monumental con una sonrisa que hacía tiempo no aparecía.

De arranque, la cosa pintaba tensa. El murmullo de la previa tenía aroma a ultimátum: si no ganan esta noche, qué quilombo se va a armar…. Pero a los cuatro minutos todo cambió. Centro de Sosa, cabezazo de Fonseca y 1-0. Gol de un “9” de jugada después de una eternidad. Gol que rompió el maleficio y desató el alivio colectivo. Ahí se encendió la noche.

Instituto jugó los mejores 45 minutos del año. Presionó, recuperó rápido y atacó con decisión. Metió a Central Córdoba en un embudo del que no podía salir. Luna amplió de penal y la sensación fue que el único pecado del equipo del Traductor consistió en no liquidarlo antes. En las tribunas se repetían frases que sonaban a descubrimiento: estamos desconocidos, una locura lo que jugamos, parecemos otro equipo. Y era cierto: la Gloria tenía otra energía.

En el complemento, Flores movió el libreto. Instituto cedió la pelota y apostó a la contra, con espacios para sentenciar la historia. Alarcón de cabeza, Guerra en un mano a mano y el pibe Rafaelli tuvieron el tercero. Del otro lado apenas apareció un remate lejano al palo que pudo ponerle suspenso a una noche que merecía calma. No pasó. Instituto había hecho todo para no sufrir.

Y la fiesta se mudó definitivamente a las tribunas. Porque la gente necesitaba esto: verse ganando, dominando, disfrutando. Necesitaba sentir que el equipo respondía. Hacía meses que el Monumental no despedía a la Gloria entre aplausos largos y miradas cómplices. Esta vez sí: la salida fue con alivio y esperanza.

Además, el calendario no da respiro: el jueves llega Atlético Tucumán otra vez en casa. La oportunidad ideal para sostener la inercia, sumar y empezar a acomodarse en las tablas: escaparse de la zona roja y mirar de reojo la de clasificación. Pero, más allá de lo que venga, algo ya cambió.

Porque en apenas tres prácticas, Flores logró algo que parecía lejano: que el equipo creyera. Ordenó, simplificó, soltó a los de arriba y le devolvió sentido colectivo a un plantel que estaba lleno de dudas. Arrancó derecho su ciclo, sí. Pero, sobre todo, lo hizo con una señal clara: la de un equipo que se reconoce y una gente que vuelve a confiar.

Quizás por eso el apodo le calza tan bien. En su primera noche, el Traductor no solo tradujo ideas en juego y juego en triunfo: tradujo la ansiedad en alivio, la desconfianza en fe y el silencio en fiesta. Y Alta Córdoba, que lo necesitaba y lo merecía, volvió a entender el idioma más lindo: el de la Gloria ganando en casa.

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