En uno de los momentos más convocantes de la Semana Santa en Salta, el arzobispo Mario Antonio Cargnello encabezó el Vía Crucis en el cerro San Bernardo y dejó una homilía extensa, directa y profundamente atravesada por la realidad social. Ante miles de fieles, el religioso no solo puso el foco en el sentido espiritual de la cruz, sino que también apuntó con fuerza a problemáticas como la droga, la violencia y la falta de respuestas estructurales.

Desde el inicio, Cargnello situó el cerro como un símbolo central de la identidad salteña: “Hay tres signos religiosos, la cruz, el Cristo y el San Bernardo. Esta montaña es como el signo de Salta”. En ese sentido, recordó la instalación de la cruz en 1901 como un acto de fe colectiva: “Nuestros mayores, hace 125 años, en 1901, plantaron esa cruz como signo de protección del Señor a la ciudad de Salta”.

El arzobispo remarcó que ese gesto no fue una decisión política sino una expresión del pueblo: “Acá fue un grupo de gente que trajo la cruz. Así que está en el alma de Salta”. Y en esa línea dejó una de las frases más contundentes de la jornada: “En el siglo XXI creímos que se podía borrar del corazón del hombre a Dios. Y no se puede. No se puede, porque es la marca registrada”.
La cruz, el dolor y la fe
Durante la homilía, Cargnello se detuvo en el significado profundo de la cruz y en por qué sigue interpelando a las personas: “¿Por qué nos atrae la cruz? Porque al fin y al cabo, ¿qué es una cruz? Son dos palos… ¿Y por qué tiene tanta fuerza?”. Y respondió: “Porque la cruz importa porque el que está colgado ahí es el Señor”.

En ese marco, explicó el cambio de sentido que tuvo históricamente: “La cruz era un signo de tortura… y se convierte en el signo de la vida”. Y agregó: “En la cruz uno siempre experimenta que el amor de Dios genera confianza para volver a empezar”.
Testimonios de fe en pleno ascenso
En medio de la homilía, el arzobispo dialogó con algunos fieles que participaban del Vía Crucis, quienes expresaron sus motivaciones para subir el cerro. Eugenio resumió su experiencia en una frase simple: “Vengo porque me trae paz… uno siempre vive a cuya la cruz vive pidiendo… por los hijos, por trabajo, por la salud… y gracias a Dios siempre me concede”.

Dora, en su primera participación, aportó una mirada más amplia: “Mientras venía caminando, le puse mi corazón a todas estas madres, a todos esos niños que sufren… por Salta, por todo lo que está pasando hoy en día”. Y agregó: “Una experiencia muy hermosa… el próximo año aquí estaré”.
También Iván, un joven, dejó un mensaje directo: “Quiero pedir también a los jóvenes que se acerquen más a Dios”.
Un mensaje fuerte sobre la droga y la violencia
Uno de los momentos más intensos de la homilía llegó cuando Cargnello abordó el impacto de las adicciones: “La droga es una maldición para la humanidad”. Y describió con crudeza la situación: “Una de las cosas más duras es ver el rostro de un muchacho… cuando está drogado… perdió la luz”.

El arzobispo también cuestionó la falta de respuestas: “No hay política de Estado, no es un tema que se debata, se mira para otro lado”. Y alertó sobre las consecuencias: “La droga multiplica por lo menos por tres la pobreza… destruye el hogar”.
En esa línea, vinculó el problema con otras situaciones sociales: “Potenciado el problema de la violencia, de la trata… que también nos afecta a niños y niñas”.
“Digamos no a lo que nos destruye”
En el tramo final, el mensaje tomó un tono aún más firme y convocante. “Sí, desde tu cruz, Señor, queremos volver a empezar”, expresó, y llamó a un compromiso colectivo: “Que como sociedad seamos capaces de organizarnos para decir no a lo que nos destruye”.
Luego enumeró con claridad: “Digamos no a la violencia… digamos no a la droga… digamos no a la trata… digamos no a la corrupción que nos destruye”.
Y profundizó: “La corrupción destruye la dignidad… genera pobreza, injusticia y resentimiento… se destruye el tejido social”.
Volver a empezar y perder el miedo
Sobre el cierre, Cargnello volvió al eje espiritual del Viernes Santo: “La cruz nos permite empezar de nuevo… todos podemos volver a empezar, no importa la edad y no importa la mugre que tengamos encima”.
En ese sentido, invitó a los fieles a acercarse a la fe sin temor: “No tengan miedo a la confesión”. Y explicó su significado: “Es poder entregarte delante de Dios y decir lo que sos… hay alguien que me mira y no me juzga y que me quiere”.
Finalmente, dejó una invitación abierta: “Ojalá de esta peregrinación salga el pensamiento de decir: podría ser que me confiese. Déjese hablar con el Señor. No tenga miedo”.
Así, en el corazón del cerro San Bernardo, la homilía volvió a unir tradición, fe y realidad, en un mensaje que no solo apeló a lo espiritual, sino que también interpeló de lleno a la sociedad salteña.
