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Bitcoin y gestión patrimonial: menos relato, más disciplina

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En la gestión patrimonial, cada activo debe tener una función clara. No alcanza con que prometa alto retorno ni con que esté en el centro de la conversación pública. La clave siempre es la misma: qué problema resuelve y que rol cumple dentro de una cartera.

En ese marco, el debate sobre Bitcoin exige menos entusiasmo y más precisión. A la fecha la principal criptomoneda no se ha comportado como un activo defensivo. En contextos de liquidez abundante y fuerte apetito por riesgo, su desempeño ha sido extraordinario. Pero cuando las condiciones financieras se endurecieron, las correcciones han sido profundas y rápidas. No amortigua la volatilidad del sistema: la amplifica.

Esto no es una crítica ideológica ni un juicio sobre su tecnología. La innovación detrás de Bitcoin es relevante y su escasez programada es un atributo distintivo. El punto es otro: innovación no es sinónimo de estabilidad. Hasta ahora, no ha demostrado consistencia como reserva de valor en escenarios prolongados de tensión financiera. En momentos de crisis global, los flujos siguen buscando cobertura en activos tradicionales. Bitcoin, en cambio, ha tendido a comportarse como un activo sensible al ciclo y al humor del mercado.

Entonces, ¿debe formar parte de una cartera de inversión? La respuesta no es blanco o negro; pero exige precisión. Bitcoin no debería ocupar el espacio destinado a preservar capital. No reemplaza a los instrumentos defensivos ni puede considerarse, al menos por ahora, un activo refugio clásico. Puede tener lugar, sí, pero con una función claramente definida: exposición táctica y especulativa dentro de una estrategia amplia y diversificada.

En carteras conservadoras, su participación —si existe— debe ser marginal. En perfiles más dinámicos, puede integrar la porción destinada a activos de alto riesgo, siempre entendiendo que su volatilidad es estructural, no circunstancial.

El error más frecuente que observo en la construcción de portafolios es asignar activos en función de la narrativa dominante y no de su comportamiento real. La disciplina en la asignación es lo que protege el patrimonio; la historia de moda rara vez lo hace.

En el actual escenario internacional —con cambios en la política monetaria, redefinición del equilibrio geopolítico y un régimen financiero en transición— la gestión del riesgo vuelve a ser el eje central de la estrategia de inversión. En ese contexto, la pregunta relevante no es si Bitcoin “es el futuro”. La pregunta correcta es: ¿qué rol cumple hoy en una cartera? En mi opinión, es una herramienta de retorno elevado potencial bajo condiciones específicas. No es un sustituto del oro y de las monedas fuertes. No es una reserva de valor estable. No es un activo diseñado para brindar estabilidad. Es, esencialmente, una exposición especulativa que debe dimensionarse con prudencia.

En finanzas, la diferencia entre una estrategia y una apuesta no está en el activo elegido, sino en el tamaño de la posición y en el control del riesgo. Las narrativas seducen. Pero la asignación correcta es la que debe perdurar.

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