La apertura de sesiones ordinarias del Congreso debería ser, por naturaleza, el momento más nítido de la palabra de Estado. El Presidente se dirige al Parlamento, pero sobre todo a la Nación entera. Sin embargo, el discurso de Javier Milei volvió a mostrar una inclinación persistente, hablarle más a su adversario que al conjunto de los argentinos. Hubo largos tramos en los que la escena institucional quedó subordinada a la lógica de confrontación política, con descalificaciones, provocaciones y referencias constantes al kirchnerismo que sonaron más a campaña que a República.
El tono no fue un detalle menor. En el recinto legislativo se escucharon expresiones como «kukas», «tira piedras» o «ignorantes»y también «kukas me encanta domarlos, a la mayoría les encanta verlos llorar». Incluso en el cruce con Nicolás del Caño, el Presidente descalificó su peso político por su representación electoral, señalando que no alcanza el 5 % de los votos. La idea subyacente, que la legitimidad electoral mayoritaria reduce la voz de las minorías, tensiona la esencia del Parlamento, donde incluso las minorías tienen representación plena. Esa apelación reiterada a haber ganado el balotaje «por goleada» recordó, paradójicamente, argumentos que el propio kirchnerismo utilizó en el pasado para relativizar a sus opositores cuando Cristina Fernández decía: «Armen un partido político y ganen las elecciones».
En ese mismo registro antagonista se inscribieron las referencias reiteradas a CFK, a quien Milei aludió sin nombrarla, ubicándola como chorra o jefa de la banda. Más que una mención personal, el recurso reafirmó que el Presidente sigue estructurando su narrativa política en torno a un antagonismo central. La escena del Congreso quedó así, por momentos, reducida a un duelo político más que a un mensaje institucional.
Ese Milei de tribuna convivió, no obstante, con pasajes de jefe de Estado. Agradeció al Congreso por las reformas aprobadas en extraordinarias y recordó que es «el presidente de los más de 47 millones de argentinos». En esos breves tramos el tono fue más adecuado al momento institucional. El contraste refuerza la idea central, el problema no es la incapacidad de moderación, sino la elección deliberada de confrontación.
En el plano económico, el Presidente ratificó el rumbo de estabilización, defendió el equilibrio fiscal y cargó contra el «fetiche industrialista», señalando a empresas protegidas y a sectores que considera «ineficientes o industrias viejas» ante una apertura hacia el comercio exterior. Allí sostuvo una de sus tesis centrales, que el proteccionismo le hizo mal al país, que encareció bienes, redujo competitividad y sostuvo estructuras productivas dependientes del Estado. La crítica al empresariado con privilegios regulatorios incluyó referencias indirectas como a Paolo Rocca
Por otra parte, en provincias como Salta, donde la competitividad está condicionada por la distancia a puertos y costos logísticos, la apertura comercial plena puede afectar no solo a industrias protegidas sino también a entramados agroindustriales regionales. No hay que confundir eso con empresas ineficientes. El norte no puede pensarse solo en clave litio, su base productiva sigue siendo también agro, economías regionales y otras producciones.
En ese mismo registro de exaltación del rumbo económico apareció otro rasgo del discurso, la hipérbole en la valoración de su equipo. Milei calificó a Luis «Toto» Caputo como «el mejor ministro de Economía del mundo» y definió a Federico Sturzenegger como un ministro «colosal». Más allá de la valoración política que el Presidente tenga de sus funcionarios, la adjetivación enfática y personalista en un acto institucional refuerza una lógica de adhesión y épica propia antes que la sobriedad republicana que la escena parlamentaria demanda. La gestión pública se legitima por resultados y rendición de cuentas, no por calificativos.
Milei insistió además en una idea recurrente de su narrativa, la aspiración de «argentinos produciendo y no argentinos parasitarios». La frase condensa su visión meritocrática de la sociedad. La productividad social no es solo un mandato individual sino también una responsabilidad estructural de las políticas públicas.
En materia de seguridad, el Presidente sostuvo que la frontera norte era un «colador» para el narcotráfico. La definición confirma que el Gobierno mantiene el eje fronterizo como prioridad discursiva. Sin embargo, en el territorio salteño la problemática persiste pese al despliegue del Plan Güemes desde hace más de un año. El ingreso de drogas y personas por pasos ilegales continúa, lo que muestra que la brecha entre diagnóstico y control efectivo sigue abierta.
En el plano institucional, Milei anunció el avance del sistema acusatorio en la justicia federal en todo el país. Es un proceso relevante, en Salta ese modelo comenzó a implementarse hace años. Sin embargo, su funcionamiento pleno sigue condicionado por vacantes estructurales tanto en fiscalías como en juzgados federales. La reforma es clave, pero su eficacia depende de cubrir esos cargos y fortalecer la estructura judicial. El desafío no es normativo sino operativo.
Hubo además señales simbólicas que reflejan tensiones políticas. El Presidente no saludó a la vicepresidenta Victoria Villarruel durante el acto. Y cuando denunció un supuesto intento de desestabilización que involucraría a «opositores y propios», la realización televisiva abrió el plano para incluirla detrás suyo.
La transmisión oficial del acto también dejó una lectura política. Las cámaras mostraron reiteradamente a balcones oficialistas, gobernadores aliados, ministros, Karina Milei y en algunos pasajes a la Corte Suprema. Pero cuando el Presidente discutía con opositores, estos no eran enfocados. La ausencia sistemática de planos opositores proyectó una imagen unilateral del Congreso. En un acto republicano que simboliza pluralidad, la realización reforzó la parcialidad antes que la representación institucional.

Otro eje conceptual del discurso fue la afirmación de que durante un siglo la Argentina vivió bajo un «falso consenso» político. La idea busca deslegitimar acuerdos históricos del sistema. Pero la propia aprobación de reformas recientes, como la laboral, requirió negociaciones con gobernadores y bloques legislativos incluso a cambios de fondos. En democracia, la construcción de mayorías implica consensos. Si los consensos del pasado fueron «falsos», el oficialismo también debería revisar la naturaleza de los acuerdos que necesita para gobernar.
El mensaje incluyó además una construcción épica del momento político. Milei sostuvo que «la malaria se terminó porque la sociedad se inoculó» en las elecciones de octubre, presentando el resultado electoral como ruptura histórica definitiva.
En ese contexto aparece un interrogante político inevitable. El propio Presidente anticipó que cada ministerio impulsará paquetes de reformas estructurales. La pregunta es si un clima de confrontación permanente con opositores y aliados ocasionales permitirá sostener en el Congreso las mayorías necesarias para aprobar ese volumen de cambios. La gobernabilidad reformista en sistemas presidenciales fragmentados suele requerir negociación estable. La tensión discursiva con el sistema político puede fortalecer identidad, pero también puede dificultar acuerdos.
En síntesis, el discurso volvió a mostrar dos planos superpuestos. Por un lado, un programa económico coherente, estabilización, desregulación, apertura y disciplina fiscal, acompañado de reformas y del reclamo a provincias y municipios para reducir impuestos. Por otro, una narrativa de confrontación que reaparece incluso en el ámbito institucional de mayor jerarquía republicana.
Milei tiene hoy más para mostrar en términos de estabilización, reformas y desafíos estructurales, productivos, federales y judiciales, que enredarse en la diatriba con el kirchnerismo. La Argentina atraviesa una transición profunda que exige liderazgo, pero también lenguaje de Estado. En el Congreso, donde la República se representa a sí misma, esa diferencia se vuelve visible. Porque la legitimidad electoral otorga poder, la legitimidad institucional se construye en el modo de ejercerlo. Y allí, todavía, persiste la distancia entre la tribuna y la República.
