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De los altos precios del banderazo a la falta de entradas para el partido: así se vive en Miami la previa del cruce ante Cabo Verde

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Enviada especial a Miami

No hizo falta mirar un mapa para entender que durante varias horas Miami Beach dejó de ser Miami. Bastó con caminar unas cuadras por la intersección de 85th Street y Collins Avenue para encontrarse con un océano de camisetas celestes y blancas, bombos, banderas gigantes, humo azul, canciones futboleras y miles de argentinos que volvieron a demostrar que, juegue donde juegue la Selección, siempre habrá una tribuna dispuesta a acompañarla.

GENTE estuvo presente en el gran banderazo organizado en la previa del cuarto compromiso de la Scaloneta en este Mundial y pudo comprobar cómo la pasión volvió a convertir una playa estadounidense en una auténtica postal argentina.

Adultos, niños y adolescentes dijeron presente en las playas de Miami.

La convocatoria tuvo dos momentos bien marcados. Desde las 13 comenzó la previa. Las familias empezaron a llegar con conservadoras, reposeras, sombrillas y banderas. Algunos aprovecharon para instalarse directamente sobre la arena, mientras otros buscaban un lugar bajo los pocos árboles del North Beach Oceanside Park para escapar, aunque fuera unos minutos, del sol abrasador.

Porque si hubo un rival tan difícil como el que esperaba a la Selección fue el clima. La temperatura superó ampliamente los 35 grados y la sensación térmica parecía todavía mayor. La humedad hacía el resto. Durante buena parte de la tarde el cielo amenazó con descargar una tormenta que nunca llegó. Las nubes aparecieron varias veces sobre la costa, pero finalmente el agua no cayó y la fiesta pudo desarrollarse sin interrupciones.

No faltaron los bombos y redoblantes en la fiesta argentina en Miami.

A las 16 comenzó oficialmente el momento más esperado. Los bombos empezaron a sonar al unísono y el banderazo terminó de explotar. En cuestión de minutos la playa se convirtió en una verdadera cancha argentina.

«Vamo’, vamo’, Selección, hoy te vinimos a alentar, para ser campeón, hoy hay que ganar», cantaban miles de gargantas al mismo tiempo mientras las banderas flameaban sobre la arena y columnas de humo celeste pintaban el cielo de Miami.

La escena se repetía una y otra vez. Padres con sus hijos sobre los hombros, grupos de amigos llegados desde distintos puntos del país, parejas envueltas en la bandera argentina y hasta turistas extranjeros que se detenían sorprendidos para registrar con sus celulares una celebración que parecía imposible de ignorar.

Sobre los hombros de un conocido, una mujer alienta a la Argentina con una remera de Boca en la mano.

Pero alrededor de semejante demostración de pasión también apareció otro protagonista inevitable: el negocio. Con el calor jugando un papel determinante, los vendedores ambulantes hicieron su agosto en pleno verano estadounidense. Una simple botella de agua podía costar entre 7 y 10 dólares. Las gaseosas tenían valores similares y, aun así, la demanda no paraba.

La hidratación dejó de ser un lujo para convertirse prácticamente en una necesidad. Sin embargo, no todo giró alrededor de las bebidas.

Entre la multitud aparecieron decenas de puestos improvisados donde se vendía absolutamente de todo. Camisetas de la Scaloneta a 40 dólares, banderas argentinas por 10 y hasta enormes caretas con la cara de Lionel Messi que rápidamente se transformaron en uno de los productos más buscados.

Hubo banderas de todos los tamaños. Las estándar tenían un valor de 10 dólares. Pero hubo más grandes.

Detrás de ese fenómeno estaba Austin, un joven oriundo de Dallas que encontró en la fiebre mundialista una oportunidad de negocio.

«Sólo vendo de Lionel porque es el único que piden los fanáticos», le contó a GENTE mientras sostenía un manojo de máscaras del capitán argentino que desaparecían casi al instante.

La cara de Messi se multiplicó y dijo presente en el banderazo. Fueron uno de los productos más comprados.

Austin ya había probado suerte durante la previa del partido entre Argentina y Austria. El resultado fue tan bueno que decidió seguir a la Selección por distintas ciudades para continuar vendiendo merchandising alrededor de cada presentación. Porque alrededor de Messi también se mueve una economía paralela. Y la figura del capitán volvió a ser, una vez más, el centro absoluto de la escena.

Su nombre aparecía en cada canción. Su camiseta era, por amplia diferencia, la más utilizada. Los chicos querían las máscaras con su rostro. Los turistas preguntaban por él. Y todos soñaban exactamente con lo mismo: verlo jugar una vez más.

Sin embargo, había un detalle que llamaba la atención. A medida que GENTE conversaba con los distintos grupos de hinchas aparecía una realidad inesperada: la enorme mayoría todavía no tenía asegurada su presencia en el estadio.

Padre e hijo con las camisetas de Messi y Maradona, respectivamente.

Según pudo comprobar este medio, apenas dos de cada diez personas presentes en el banderazo contaban con entradas para el partido. El resto seguía buscando una posibilidad de ingresar.

«Nos están pidiendo en la reventa hasta 3.500 dólares», contó resignado a GENTE un adolescente que viajó junto a toda su familia desde San Justo, partido de La Matanza, para cumplir el sueño de ver jugar a Messi. Como él, había cientos.

Algunos seguían actualizando aplicaciones de reventa desde sus celulares. Otros preguntaban entre los grupos si alguien conocía algún contacto confiable. Todos compartían la misma esperanza: conseguir un ticket a último momento. Más allá de esa incertidumbre, nadie parecía dispuesto a dejar de disfrutar.

Los colores argentinos coparon las playas de Miami, pero no todos los presentes allí contaban con entradas para el partido.

La música siguió sonando durante horas. Los bombos no dejaron de marcar el ritmo. Las canciones fueron cambiando, pero el mensaje permaneció intacto: acompañar a la Selección hasta el final.

Cuando el reloj pasó las siete de la tarde, el sol comenzó lentamente a bajar sobre Miami Beach. Muchos empezaron a levantar sus reposeras. Otros siguieron cantando frente al mar como si el tiempo no existiera. La fiesta llegaba a su fin, aunque solo por unas horas. Porque todos sabían que el próximo capítulo estaba a la vuelta de la esquina.

La ilusión, los bombos y las banderas volverán a reunirse este viernes en las inmediaciones del Hard Rock Stadium, donde la Scaloneta buscará un nuevo paso rumbo al sueño mundialista frente a Cabo Verde.

Si algo quedó claro en este banderazo es que la Selección nunca juega sola. A miles de kilómetros de la Argentina, hubo una multitud que volvió a demostrar que el sentimiento no entiende de fronteras, de temperaturas extremas ni de precios imposibles. Allí donde aparezca la camiseta celeste y blanca, siempre habrá una tribuna dispuesta a convertir cualquier rincón del mundo en un pedazo de casa.