El trágico evento ocurrió el viernes por la tarde, cuando Luna se cayó en la Escuela N° 117 Islas Malvinas, donde estaba en primer grado, golpeándose la cabeza contra un banco de cemento.
De acuerdo con las autoridades policiales, el establecimiento educativo informó que, alrededor de las 14.30, la niña se había tropezado debido a sus cordones desatados, aunque la familia rechazó esta versión.
“Cuando yo llegué, la encontré a mi hija tirada en el piso, toda ensangrentada, boca de costado y orinada. Yo trabajo de seguridad en un sanatorio y sabés las veces que me ha llegado gente así, es cuando te da un infarto, entonces me agarró la desesperación”, relató el padre de la niña.
Luna, quien cumplió 6 años el 15 de marzo, nació al inicio de la pandemia por COVID-19 y era hija de Ricardo Miqueo (43) y Danisa Cuello (38), quienes además son padres de un bebé que se acerca a los seis meses.
“Solamente escuché un rumor de que los cordones los tenía desatados. La agarré en la camilla y los cordones estaban tal cual yo se los até, porque siempre se los ataba con doble nudo”, precisó Miqueo, indignándose ante la hipótesis que se culpaba a su hija de haber tropezado.
El padre, que pensó que se trataba de un incidente leve cuando recibió la llamada, fue informado de que Luna se había golpeado, sangraba por la nariz y tenía “un raspón”.
Fuentes judiciales confirmaron que la causa de muerte fue un traumatismo de cráneo, y la Fiscalía General de Rosario decidió no practicar una autopsia.
Eduardo Casín, director del Hospital de Niños Víctor J. Vilela, informó que la niña sufrió una broncoaspiración en la ambulancia y destacó la importancia de la ablación de sus órganos (riñones, córneas y válvulas cardíacas) como un “acto de inmensa solidaridad”.
Luna falleció el domingo y, como muestra de duelo, la escuela suspendió las clases el lunes.
En su publicación en Facebook, Miqueo compartió su recuerdo de Luna: “Mi hija Luna era una niña profundamente alegre, ocurrente y llena de amor. Tenía una forma única de mirar el mundo, con una dulzura y una generosidad que se sentían en cada lugar al que iba. Le encantaba jugar, reír, compartir, y tenía esa capacidad tan especial de hacer sentir bien a los demás”.
El padre continuó: “Desde muy chiquita, a sus 2 años, comenzó el jardín, la colonia y distintas actividades. En cada uno de esos espacios dejó una huella. No sólo por su energía y su alegría, sino también por su forma de vincularse, por su cariño sincero y su manera de incluir a todos”.
