En los últimos días, El Tribuno ha puesto en evidencia un dato tan concreto como inquietante: el crecimiento sostenido del ausentismo escolar. En Salta, el 31% de los estudiantes del último año de secundaria reconoce haber faltado más de 15 veces en el año, mientras que a nivel nacional el problema alcanza al 51%.
Pero hay un dato aún más preocupante que las cifras: una parte significativa de los alumnos afirma que falta a clases simplemente «porque no tiene ganas». Este hecho debería encender una alarma más profunda que cualquier estadística. Cuando ir a la escuela se vuelve optativo en la práctica, el problema ya no es de asistencia. Es de sentido.
Durante las últimas décadas, se ha consolidado una concepción que reduce la educación a la transmisión de información y al desarrollo de habilidades útiles. Bajo esta lógica, la escuela se transforma en un espacio de capacitación, orientado a preparar para desempeños específicos. Pero una educación que solo capacita deja de educar.
Cuando la escuela deja de ser percibida como un ámbito donde se adquiere algo valioso intelectual y humanamente, la asistencia deja de responder a una convicción interior y pasa a depender de la obligación, del control o, simplemente, de la voluntad momentánea del alumno.
En ese contexto, el ausentismo no es una causa, sino un síntoma. Un síntoma de una desvinculación más profunda entre el alumno y la propuesta educativa.
Esta situación no es nueva. Ya a comienzos del siglo XX, G. K. Chesterton advertía sobre el riesgo de una educación que produjera personas instruidas pero incapaces de comprender el sentido de lo que saben. Hoy, ese diagnóstico no solo se confirma: se agrava.
A ello se suma un rasgo estructural del sistema educativo argentino: su fuerte centralización. La definición de contenidos, enfoques pedagógicos y criterios de evaluación desde instancias alejadas de las realidades concretas de las escuelas y de las familias tiende a generar uniformidad, pero no calidad. La educación, por su propia naturaleza, no puede ser uniforme sin empobrecerse.
Al mismo tiempo, el propio diagnóstico señala un debilitamiento del vínculo entre la escuela y las familias. Y aquí aparece otro punto decisivo: cuando los adultos dejan de asumir su responsabilidad educativa, la escuela queda sola frente a una tarea que no puede cumplir por sí misma. Ningún sistema educativo puede sostenerse si los alumnos no reconocen su valor y si las familias no respaldan su exigencia.
Por eso, el problema educativo no puede resolverse con más programas, más recursos o más reformas administrativas. Requiere algo más profundo: revisar su punto de partida. Esto implica recuperar la centralidad de la formación intelectual como finalidad propia de la educación. Enseñar no es transmitir información, sino formar la inteligencia, es decir, la capacidad de comprender, de juzgar y de orientarse en la realidad.
Implica también restituir el papel insustituible de las familias, no como meros acompañantes, sino como protagonistas de la educación. Y supone, finalmente, asumir la libertad de enseñanza como un principio estructurante del sistema, capaz de devolver vitalidad, responsabilidad y sentido a las instituciones educativas.
Porque la educación no es una cuestión técnica. Es una cuestión profundamente humana. Y cuando pierde su sentido, pierde también su fuerza. Por eso, el problema educativo argentino no es solo un problema de resultados.
Es un problema de fondo. Y mientras ese problema no sea afrontado, los síntomas como el ausentismo no harán más que agravarse, aunque se multipliquen los esfuerzos y los recursos.
