El cerro San Bernardo se transformó cada Semana Santa en el epicentro de una de las manifestaciones religiosas más profundas de Salta. Allí, entre escalones, rezos y promesas, miles de personas participan del tradicional Vía Crucis, una práctica que se mantiene viva desde hace más de un siglo y que combina fe, historia y paisaje en una experiencia única.

La tradición tiene sus raíces a comienzos del siglo XX, cuando en 1901 se instaló la emblemática cruz en la cima del cerro, convirtiendo el lugar en un punto de peregrinación para los salteños. Con el paso del tiempo, esta práctica se consolidó como uno de los rituales centrales de la Semana Santa, con registros fotográficos que ya documentaban su realización en la década de 1930.

El recorrido está marcado por las 14 estaciones que representan la pasión de Cristo. La peregrinación comienza en la base del cerro, en las inmediaciones del monumento al general Martín Miguel de Güemes, y asciende por las escalinatas o senderos peatonales hasta llegar a la cima. Son aproximadamente 1.500 metros de caminata que cada fiel recorre a su propio ritmo, en un clima de recogimiento y reflexión.

Más allá de su dimensión religiosa, el Vía Crucis del cerro San Bernardo también es una expresión de identidad cultural. Se trata de un acto de fe que integra elementos del catolicismo con el entorno natural del paisaje andino, generando una experiencia espiritual que trasciende lo individual y se vuelve colectiva.

En la actualidad, la celebración continúa convocando a una multitud cada año. La organización del evento incluye la disposición de las estaciones, asistencia a los peregrinos y la realización de actividades litúrgicas en la cima, donde culmina el recorrido con la adoración de la cruz.

Así, entre historia, tradición y devoción, el Vía Crucis del cerro San Bernardo se mantiene como uno de los símbolos más fuertes de la fe salteña, renovándose este año sin perder su esencia.

