La Asamblea Nacional Popular de China aprobó el XV Plan Quinquenal, un documento que establece las prioridades estratégicas para el período 2026-2030. Sus tres ejes fundamentales son la reducción de la dependencia tecnológica del exterior, un aumento en los gastos de defensa y el impulso al consumo interno como motor del crecimiento económico.
La asamblea es un órgano legislativo integrado por 2.800 delegados que se reúne una vez al año en el Gran Palacio del Pueblo de Beijing. Los planes quinquenales son los documentos de mayor jerarquía en el sistema de gobierno chino. Orientan las decisiones de gasto público e inversiones por billones de dólares durante cada ciclo de cinco años.
China adoptó ese modelo de planificación en 1953, inspirándose en la experiencia soviética. Desde entonces cada plan quinquenal reflejó el estado de la economía y las prioridades políticas de cada momento. Este plan quinquenal fue aprobado en un contexto marcado por tensiones políticas crecientes con Estados Unidos, restricciones tecnológicas impuestas por Washington y desafíos internos, entre ellos la prolongada crisis del sector inmobiliario, la debilidad del consumo doméstico, el aumento del desempleo juvenil y el acelerado envejecimiento de la población.
El eje tecnológico es el más desarrollado del plan. El documento establece que China tiene que alcanzar la autosuficiencia en sectores considerados estratégicos: semiconductores, inteligencia artificial, robótica, computación cuántica, biotecnología, comunicaciones 6G e interfaces cerebro-computadora. Para financiar semejante esfuerzo, el gasto en investigación y desarrollo crecerá a un ritmo mínimo del 7% anual.
El trasfondo de este énfasis tecnológico es la competencia con Estados Unidos. Washington restringió el acceso de las empresas chinas a los semiconductores más avanzados y a la maquinaria de producción de chips de última generación, Beijing replicó con inversiones masivas en esos rubros y con sus propias restricciones a la exportación de tierras raras, esenciales para la fabricación de componentes electrónicos en los que mantiene una posición dominante.
El presupuesto de defensa para 2026 se fijó en 277.000 millones de dólares, con un incremento del 7% en relación con 2025, levemente inferior al ritmo de aumento registrado en los tres años anteriores. Durante la sesión del Congreso el presidente Xi Jinping insistió en la necesidad de que el Ejército Popular Chino mantenga «sin vacilaciones» el liderazgo del Partido Comunista y combata la corrupción interna, un problema que en los últimos años provocó la destitución de varios altos mandos. Después de esas purgas la Comisión Militar Central, principal órgano de mando castrense, quedó reducida de siete a dos miembros, uno de los cuales es el propio Xi.
En materia económica, el nuevo plan no fija una meta explícita de crecimiento para el quinquenio. El objetivo fijado para el 2026 oscila entre el 4,6% y el 5%. Es el más bajo desde 1991 y constituye el implícito reconocimiento de una realidad: a medida que China escala posiciones desde un umbral extremadamente bajo de desarrollo la velocidad del avance se torna inevitablemente más pausada que en los primeros años posteriores a la apertura internacional.
Siempre Confucio
Uno de los diagnósticos más explícitos y políticamente más relevantes del documento es que China depende excesivamente para su crecimiento de sus inversiones y sus exportaciones. El plan plantea corregir esa situación con un aumento en el consumo doméstico a través de mayores ingresos, mejoras en el acceso a servicios sociales y una ampliación de la red de protección social. Este viraje responde a la necesidad política de atender demandas sociales insatisfechas, pero abre también un camino de acuerdo con Washington, que pretende que China deje de inundar al mundo con sus exportaciones y aumente las importaciones estadounidenses.
El plan incluye metas para la transición energética: las fuentes no fósiles deberán representar el 25% de la matriz energética para 2030, con reducciones de la intensidad de carbono y expansión de energías limpias. En ese sentido, sobresalen la apuesta al desarrollo de los automóviles eléctricos en el sistema de transportes y a la instalación de paneles solares en los hogares.
No obstante, el aspecto decisivo del nuevo plan quinquenal está centrado en la competencia con Estados Unidos por el liderazgo en materia de inteligencia artificial. Esta puja incluye la formulación de marcos éticos y regulatorios propios,sobre lo que el documento describe: «con características chinas», fundados en el «control seguro», la «fiabilidad algorítmica» y el «desarrollo armónico» bajo dirección estatal.
En términos comparativos, entre los distintos paradigmas de desarrollo de la inteligencia artificial, el enfoque de Estados Unidos privilegia la innovación empresarial bajo una lógica de mínima intervención del Estado, lo que favorece el dinamismo tecnológico, pero generó también una fuerte concentración económica del sector. En contraste, el modelo chino busca articular una visión de largo plazo, donde la inteligencia artificial está concebida como un motor del desarrollo económico y de influencia geopolítica, y combina la inversión pública, la búsqueda de «soberanía tecnológica» y un despliegue masivo en sectores estratégicos.
El ascenso de China en esta materia representa un desafío a la hegemonía estadounidense, no sólo por su ambición declarada de ocupar el primer puesto sino por la eficacia comprobada de su ecosistema, basado en una combinación entre inversión estatal masiva estímulos locales, alianzas público – privadas y una política educativa orientada a formar capital humano especializado desde la educación básica hasta el postgrado, con universidades de primer nivel como Tsinghua y Zhejiang.
El caso de DeepSeek, creación de una «startup» que en sólo dos meses desarrolló un modelo comparable al GPT-4 con apenas una fracción del presupuesto utilizado por el original, ilustra como China alcanzó una eficiencia disruptiva que desafía la lógica del gasto de las «Big Tech» estadounidenses. A diferencia del enfoque estadounidense, donde la innovación está confiada a la libre competencia entre corporaciones privadas, el modelo chino se asienta en una red pública que busca coordinar el trabajo de empresas privadas, universidades y gobiernos locales.
Para los defensores del modelo chino la idea comunitaria de la «mejora confuciana» es superior al principio individualista de la «mejora de Pareto» predominante en Estados Unidos. Mientras que la «mejora de Pareto» estipula que ningún individuo debe estar peor a raíz de un beneficio ajeno, la «mejora confuciana» establece que el progreso de una persona debe estar acompañado por el progreso de todos, un axioma aceptado con beneplácito por los comunistas chinos.
Pero la novedad cualitativa fue introducida en 1978 por Deng Xiaoping, quien para romper con el estigma del «igualitarismo comunista», llevado al paroxismo durante la Revolución Cultural, que trababa el desarrollo de las fuerzas productivas y mantenía a China en el atraso económico, proclamó que para construir una sociedad próspera había que «dejar que algunos se enriquezcan primero».
Ese aporte innovador facilitó el vertiginoso despliegue de un «capitalismo confuciano», que fusiona la iniciativa privada propia de la clásica visión liberal con una tradición comunitaria de hondas raíces culturales asiáticas. Esta síntesis constituyó un punto de inflexión en este crucial desafío que, aplicado al terreno de la inteligencia artificial, afronta hoy la hegemonía de Estados Unidos.
