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La larga tarea de la democracia frente al vacío de poder

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Yo tenía 12 años cuando ocurrió el golpe de Estado del 24 de marzo de 1976. No entendía del todo lo que pasaba. A esa edad, la política todavía se ve como un ruido de fondo, algo que sucede en la radio, en los diarios o en la conversación de los grandes. Pero hay escenas que se quedan para siempre. Recuerdo la expresión de preocupación en mi padre. Recuerdo también que le agarró dolor de cabeza. En ese momento no comprendí la dimensión de ese gesto. Hoy sí.

Recuerdo que, para mí, en ese momento, ese evento era una noticia más, creía que era apenas un cambio de gobierno. Mi padre estaba viendo algo mucho más profundo, el derrumbe de un orden, la caída de una esperanza, la entrada del miedo en la vida cotidiana. A veces la historia grande se anuncia así, en una cara seria, en un silencio más largo de lo normal, en un dolor de cabeza que parece físico, pero en realidad viene cargado de angustia.

Con los años fui comprendiendo que la democracia es una forma de convivir, de discutir, de aceptar límites, de reconocer al otro y de confiar en que las diferencias pueden tramitarse sin violencia, y desde esa comprensión comencé a percibirla como una palabra cargada de sentido, muy lejos de ser decorativa. Empecé a verla como una construcción delicada, hecha de normas, de instituciones, de hábitos cívicos y también de una cultura compartida que le da sentido.

Por eso resulta inevitable hacerse una pregunta que sigue acompañando a buena parte de América Latina, ¿vivimos realmente en democracia o apenas conservamos algunas de sus formas? Cada vez es más evidente que el solo hecho de votar no alcanza. Una democracia respira de verdad cuando además hay justicia confiable, instituciones respetadas, representantes que honran su función, ciudadanos que sienten que su voz tiene peso y un Estado que llega a tiempo. Si esas bases se debilitan, la democracia sigue en pie en los papeles, pero empieza a perder vigor en la vida real y origina un vacío de poder.

En América Latina conocemos bien esa tensión. Muchas veces celebramos elecciones, congresos y constituciones, pero al mismo tiempo convivimos con desconfianza, impunidad, desigualdad, violencia y una sensación persistente de que la política no resuelve lo que más duele. Entonces aparece una democracia cansada, con rituales presentes, pero con poca fe social en su capacidad de ordenar, proteger y representar.

Algo de eso ocurrió en la Argentina antes del golpe de 1976. La ruptura institucional fue madurando en un clima de deterioro político, social e institucional que se profundizó aún más tras la muerte de Juan Domingo Perón, figura que hasta entonces conservaba una capacidad singular para ordenar, contener y arbitrar dentro de un escenario cada vez más tenso. El gobierno constitucional seguía existiendo, pero su autoridad se iba apagando. Muchos empezaron a mirar la democracia con decepción, como si ya no pudiera ofrecer rumbo, paz ni orden, algo que hoy también se percibe en buena parte de América Latina, según estudios propios y diversos informes sobre opinión pública y calidad democrática.

En ese contexto, el golpe encontró un terreno dañado. Y ahí aparece una enseñanza que todavía interpela al presente, la democracia necesita ser cuidada todos los días. Necesita eficacia, decencia, respeto, autoridad legítima y una ciudadanía que no la mire como un decorado y mucho menos como la responsable de las desavenencias, sino como un bien vital. Mi padre, aquella mañana de 1976, entendía perfectamente lo esencial de lo que ocurría, por eso le dolía la cabeza.

Con el golpe de Estado, aquella democracia que ya venía debilitada terminó por desaparecer por completo. Los años que siguieron le enseñaron a la sociedad argentina, de la manera más dolorosa, qué significa la ausencia total de democracia, e hizo falta atravesar años de dolor para la recuperación democrática, también hizo falta una guerra perdida, la de Malvinas, que precipitó el derrumbe del régimen y abrió el camino hacia el regreso de la vida constitucional. En esa transición fue madurando una conciencia colectiva de enorme valor histórico, la democracia podía tener defectos, insuficiencias y deudas, pero la alternativa autoritaria conducía al horror. De esa vivencia nació, con una fuerza moral singular, el sentido profundo del Nunca Más.

La derrota de Malvinas profundizó y dejó completamente al descubierto el vacío de poder que venía gestándose desde antes del golpe de Estado de 1976. Ese vacío ya se incubaba en el desgaste de la democracia previa al golpe de estado que irrumpió sobre ese escenario y la dictadura, lejos de resolverlo, lo agravó todavía más. Finalmente, la guerra y su desenlace terminaron de desnudar ante toda la sociedad la dimensión de esa orfandad política, institucional y moral. Sobre ese país herido, desconfiado y desorientado regresó la democracia en 1983. Volvió con la inmensa tarea y también con la revancha histórica de llenar ese vacío de poder que, años antes, había contribuido a su caída, que se ensanchó bajo la dictadura y que esperaba ahora ser llenado con legitimidad, representación y esperanza.

Desde 1983 en adelante, buena parte de la historia argentina puede leerse como el intento de la democracia por llenar ese vacío de poder. Con Raúl Alfonsín, la democracia volvió a tener voz, prestigio moral y una misión histórica. Recuperó la palabra pública, abrió el camino del Juicio a las Juntas y devolvió a la vida institucional una dignidad que venía de años de horror. En ese comienzo, el vacío de poder empezó a llenarse de legitimidad, aunque la fragilidad económica, los levantamientos militares y la hiperinflación fueron dejando a la vista que el nuevo tiempo democrático todavía buscaba afirmarse sobre bases más firmes.

Carlos Menem llegó con una promesa de futuro resumida en aquella idea de la revolución productiva. Esa expectativa podía haber aportado a la democracia una combinación de modernización, empleo, dinamismo económico y confianza social. Sin embargo, el rumbo que terminó predominando fue otro. La estabilidad de la convertibilidad ofreció alivio después del desorden inflacionario, pero las privatizaciones, la concentración económica y el deterioro de áreas sensibles del Estado fueron debilitando capacidades públicas que también forman parte de una democracia vigorosa. Hubo gobernabilidad, decisión y mando, aunque el tejido social y la densidad estatal quedaron resentidos.

La experiencia de Fernando de la Rúa expresó la aspiración de una democracia más sobria y previsible, pero la crisis terminó desbordando esa promesa. En 2001 la legalidad sobrevivió, aunque el poder se volvió incierto, el vínculo entre representación y sociedad entró en tensión y el vacío volvió a sentirse con toda su crudeza. Eduardo Duhalde ocupó entonces un lugar de transición, áspero pero necesario, y logró rearmar un mínimo de conducción en medio del derrumbe.

Con Néstor Kirchner regresó una idea intensa de autoridad política. Hubo reconstrucción del mando presidencial, energía de gobierno y una narrativa de reparación que volvió a darle centralidad al Estado. Cristina Fernández continuó esa impronta con una democracia atravesada por liderazgos fuertes. En ese ciclo, el poder recuperó gravitación, aunque la corrupción fue erosionando parte de esa fortaleza, desgastando la confianza pública y extendiendo sobre la democracia una sombra persistente. La percepción de privilegios, desvíos e impunidad fue vaciando de espesor a la representación y volvió más frágil la autoridad ante los ojos de la sociedad.

Mauricio Macri expresó una alternancia, su llegada mostró que el voto podía cambiar el signo del poder dentro de la continuidad institucional, un dato valioso dentro de la historia democrática argentina. Sin embargo, la economía volvió a golpear con fuerza y la esperanza encontró límites severos en la vida cotidiana de la sociedad. Alberto Fernández llegó con una expectativa de moderación, aunque su presidencia terminó dejando una imagen de dispersión, debilitamiento de la palabra presidencial y dificultades para ordenar políticamente su propio espacio, y donde la percepción de corrupción tomó fuerza en el seno de la sociedad.

Javier Milei aparece como la expresión más reciente de una sociedad cansada, impaciente y desencantada con gran parte de la dirigencia anterior. Su llegada muestra que la democracia argentina conserva vigor electoral, aunque sigue buscando una forma más sólida de unir autoridad, eficacia, representación y convivencia. Por eso, al mirar todo el recorrido, la impresión que queda es doble, la democracia argentina logró cerrar la puerta al regreso militar y consolidó el voto como fuente legítima del poder, pero el vacío de poder, entendido como falta de conducción estable, confianza duradera y representación convincente, fue cambiando de rostro sin desaparecer del todo.