El 19 de febrero, la CGT llevó adelante un paro arbitrario y salvaje. Esa misma CGT que, al peor presidente de toda la historia argentina -Alberto Fernández, el camuflaje de Cristina Elisabet Fernández de Kirchner- no le había hecho ni uno. Con una inflación por las nubes; con un atraso salarial respecto a inflación que acumulaba un 19%; con una industria en estado de coma; con un cepo cambiario que lo asfixiaba todo. Así y todo, esa misma CGT no le hizo ni un solo paro.
Sin embargo, este cuarto paro de esa misma CGT -esta vez sin transporte-, paró el país. Poco importó el trabajo de la gente; los presentismos perdidos; las horas y pesos de más en viajes oblicuos de todos los que necesitaban llegar a sus puestos de trabajo por los medios que fuera; la pérdida de turnos y consultas médicas; la renuncia a una vida normal. A esa misma CGT no le importó nada más que no fuera mantener sus cajas millonarias.
En ese momento, movileros de los medios transitaban las calles levantando testimonios de cómo afectaba el paro a la gente. Se escuchó de todo; literalmente de todo. Entiendo que era una pregunta obligada por la situación; más que una pregunta, una oportunidad para que la gente lo diga: ¿cómo nos va a afectar el paro? ínos molesta! ínos trastoca la vida! Tenemos derecho a movernos; a trabajar; a ir al médico; tenemos derecho a vivir en paz sin que la arbitrariedad de nadie nos complique la vida. Claro que a ese derecho se opone el derecho a la huelga; el derecho a protestar. Lo sé. Lo entiendo. No comparto el método; se me ocurren muchas otras maneras de visibilizar la protesta que no sea perjudicando la vida de esos mismos millones de personas cuyos derechos dicen estar defendiendo. De nuevo, respeto el derecho a huelga; no la forma.
Pero el paro del 19 pasó como pasa todo en Argentina; sin consecuencias. Y pasamos a otro tema. Hasta que la justicia citó a declarar al presidente de la AFA, Claudio «Chiqui» Tapia, al tesorero de esa entidad, Claudio Toviggino, y a otros dirigentes por una presunta evasión de aportes de más de 19 mil millones de pesos. Uno tras otro, los clubes de fútbol postearon su rechazo en X hasta que, al final, esos mismos clubes decidieron un paro de toda actividad del fútbol entre el 5 y el 8 de marzo. La fecha no es casual: coincide con la convocatoria a declaración indagatoria de esos señores. Y allí fueron los movileros; esta vez a preguntar a la gente qué pensaban sobre «el paro del fútbol».
El filósofo inglés Timothy Morton acuñó el término «hiperobjeto» para referirse a cosas que se distribuyen en forma masiva en tiempo y espacio en relación con los humanos. El futbol es un hiperobjeto. Un hiperobjeto que me hizo pensar en el hermoso y entrañable personaje de Marta Muzzopappa en «El funcionamiento general del mundo», del historiador y escritor Eduardo Saccheri: «La vida es un embrollo, Benítez. Personas que te quieren, personas que no, personas que llegan a tu vida, personas que se van. Deseos que te asaltan, pesadillas que te persiguen, ideas que te parecen geniales y son una estupidez, sueños que se hacen polvo… No sabés cómo plantarte. Para dónde apuntar. Qué hacer. Qué sentir. Pero, en cambio, cuando jugas al fútbol todo es clarísimo. Tus compañeros, tus rivales. Un deseo. Un peligro. Una sola manera de seguir la vida. Un único modo de espantar la muerte». Hermoso. El fútbol como distracción; como forma de esconder la derrota permanente en la que vivimos. Como si parar el fútbol, fuera lo mismo que desconectar el respirador artificial de un paciente comatoso incapaz de respirar.
Suerte que, a veces, hay gente que muestra ser mucho más lúcida de lo que los políticos, la élite depredadora que nos dirige y los medios piensan. Ante la pregunta «¿qué opina usted del paro del fútbol?», un hincha, vestido con una camiseta de fútbol mientras hacía la cola para entrar en un estadio, contestó: «hubo otro paro la semana pasada». «Pero ahora es del fútbol argentino», le retrucó el periodista, insinuando que consideraba a este paro mucho más grave y terminal que el anterior. «No es grave.», le dijo hincha: «En el anterior no pudimos ir a trabajar; hubo gente que no pudo ir al hospital. Acá a lo sumo no vemos un ‘partido de fulbo’ pero lo veremos la semana que viene. No es grave», dijo, y se fue sin dar lugar a más preguntas. Bien por el señor.
«Una cancha con ciertos límites. Dos equipos, dos arcos. Un objetivo simple: meter la pelota en un rectángulo empujándola sin las manos. Un objetivo secundario: que los rivales no hagan lo mismo. Un resultado: el que lo consigue más veces, eso de meter la pelota en el rectángulo, gana. Y ganar es vivir, como perder es morir. Dos metáforas mentirosas, como cualquier metáfora, pero fáciles de entender».
Así que el fútbol detiene su actividad en protesta porque la justicia -independiente- llama a declarar a presuntos delincuentes sospechados de una maniobra de evasión impositiva.
«¿Y vos pensás que eso es algo del fútbol o algo de la vida?», pregunta la hermosa Marta Muzzopappa.
«No lo sé», dice el siempre confundido Benítez.
La CGT hace un paro defendiendo sus cajas millonarias. La AFA también. «Qué le vas a hacer, Benítez. Es así. El fútbol está lleno de cosas que le vienen prestadas de la vida». Ojalá existieran muchos docentes como la hermosa Muzzopappa. Lástima que sea de ficción.
