PAIS

El redundante desafío de la educación

Escuchar la nota

La vida del hombre puede ser concebida como la dramática aventura de debatirse entre expectativas ilimitadas y medios finitos para alcanzarlas, tensión que obliga a escoger unas y otros con incierta suerte, apelando no por casualidad a aquellas ciencias vitales para el ser humano, como son la filosofía y la economía, que se ocupan, precisamente, una de la infinitud y la otra de la escasez.

Pero como a los hombres ordinarios los mueven menos las elucubraciones científicas que las intuiciones, la búsqueda de objetivos y de instrumentos conducentes suele convertirse en una empresa a tientas, entre las penumbras de las diarias vicisitudes, que no solo plantean dilemas de causalidad entre medios y fines, sino, además, de costos, pecuniarios, éticos y legales, pues entre los recursos escasos pueden contarse el tesón, el mérito, la salud, los vínculos, el talento o la lucidez, pero también pueden intervenir el azar, la corrupción, el delito, la especulación o el acomodo, a menudo menos onerosos y más eficientes que los anteriores.

Entre aquellos arbitrios honestos –únicos de los que amerita ocuparse– útiles para alcanzar los siempre elusivos designios de la vida, esos que traducidos en sencillas cifras se discuten en las mesas familiares, en las parejas que sueñan el futuro de sus hijos o en la imaginación de los jóvenes que buscan sus destinos, existe uno que detenta una poderosa capacidad de transformación pues constituye una herramienta clave para articular virtuosamente causas y efectos: la educación.

Sin embargo, ella ha perdido aquella aura de lógica causalidad de la que antes gozaba, cuando haberse educado era sinónimo suficiente de progreso pues se descontaba su efectividad, esto es, el instrumento y el propósito eran considerados uno.

Al haber ingresado en un eclipse de desconfianza, la educación plantea hoy un problema de otra naturaleza y exige una condición previa que difiere de su faz exclusivamente pedagógica entre docentes y alumnos, pues involucra más a la familia: el requisito de aprender a volver a confiar en el poder trascendente de la educación, en que ella amerita un esfuerzo singular de planificación y de inversión, pues no se trata de un recurso ornamental, sino transformador.

Ya no debe discutirse solo cómo emplear el instrumento, sino si es en sí mismo idóneo para alcanzar el fin perseguido. En otras palabras, la cuestión educativa ha pasado a ostentar una doble naturaleza, redundante, es decir, por un lado generar confianza en la educación y por otro, educar.

Así, la mayor responsabilidad familiar hoy en materia educativa consiste en persuadirse o, al menos, intuir que, a la larga, en la denodada lucha diaria entre sus acotados resortes y sus pródigas ilusiones, la educación será su principal tabla de salvación.

No fue por azar que el período en que la familia argentina sostuvo esa convicción coincide con la mejor época de su historia, cuando la educación operó como un reactivo eficaz del progreso. Una certeza que fue desaprendiéndose a fuerza de enseñar que existen otras formas de prosperar, de modo que, a la par de recuperar la calidad educativa masiva, existe la redundante tarea de enseñar que sus costos reditúan.

La fórmula más elemental de que dispone una familia para medir su nivel de creencia en el poder redentor de la educación radica en calcular el porcentaje que esa economía hogareña le concede o está dispuesta a hacerlo, de lo que surgirá el coeficiente que esa familia le asigna como instrumento en la ecuación existencial entre sacrificios y anhelos, entre la educación y un proyecto intergeneracional.

Diplomático de carrera y Doctor en Ciencias Políticas

×