Mar del Plata, 24 enero (NA) — Conocida popularmente como «La Feliz» o por su sigla «MDQ», Mar del Plata es el destino turístico por excelencia de la costa argentina. Sin embargo, en sus más de 150 años de historia, la región recibió bautismos curiosos, algunos de los cuales hoy resuenan más a nombres de hoteles de lujo que a una ciudad.
Según un informe de la periodista Yasmin Ali, la identidad marplatense se forjó a través de una larga lista de apodos antes de consolidarse bajo su nombre actual.
DE «CAPE LOBOS» A «COSTA GALANA»
La historia de las denominaciones se remonta a 1519, cuando Fernando de Magallanes se refirió a la zona de Punta Mogotes como «Puntas de Arenas gordas». Años más tarde, en 1578, el pirata inglés Francis Drake la bautizó «Cape Lobos» debido a la fauna marina del actual Cabo Corrientes.
Sin embargo, el nombre que hoy remite a uno de los hoteles más icónicos de la ciudad tiene su origen en 1581. Fue Juan de Garay quien, en una expedición, calificó al litoral como «una costa muy galana». Más tarde, los jesuitas la llamarían «La lobería grande» y mapas antiguos la registraron como «Región del Vulcán». Finalmente, la presencia de plata en la zona inspiró a los exploradores a llamarla «Mar del Plata», nombre que adoptó oficialmente al fundarse en febrero de 1874.
EL MISTERIO DE LA SIGLA MDQ
Uno de los mitos urbanos más grandes gira en torno a su código aeroportuario. ¿Por qué la ciudad se identifica como MDQ y no como MDP?
La respuesta se remonta a 1952, cuando se creó el «Destacamento Aeronáutico de Mar del Plata». Al solicitar la identificación internacional, las autoridades se encontraron con una sorpresa: la sigla MDP ya estaba ocupada. El dueño de esas letras era el aeropuerto de Mindiptana, en la provincia indonesia de Papúa, fundado en 1945. La IATA, respetando la antigüedad, obligó a la ciudad argentina a adoptar la «Q» final.
EL ORIGEN DE «LA FELIZ»
El apodo más cariñoso de la ciudad no nació del azar, sino del marketing. Fue en la década de 1960 cuando Enrique de Thomas, periodista y director de cine, bautizó a la ciudad como «La Feliz» en medio de una campaña publicitaria diseñada para fomentar el turismo de una clase media en ascenso, que comenzaba a transformar el antiguo balneario de la élite en la capital del turismo popular.
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