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De expulsar millonarios a competir por atraerlos

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El 11 de junio, una publicación de The Economist destacó una tendencia creciente: “Los ricos del mundo están migrando como nunca antes”. Más de 140.000 millonarios cambiaron de país en 2025 y se prevé que 165.000 lo hagan en el presente año. Este fenómeno ha impulsado una industria global que generó ingresos por alrededor de US$40.000 millones.

Este movimiento no es una mera excentricidad de los adinerados, sino parte de la competencia por captar capital, talento, consumidores y contribuyentes. Aquellos que tienen los medios no solo diversifican sus inversiones, sino también sus residencias, pasaportes y jurisdicciones. Buscan entornos fiscales favorables, estabilidad jurídica y una opción alternativa ante gobiernos inciertos.

Históricamente, Argentina enfrentó esta situación de una forma contraria. En lugar de atraer a nuevos residentes, se dedicó a expulsarlos. La presión tributaria, las restricciones cambiarias, los impuestos sobre el patrimonio y la constante inestabilidad de las normas fueron acompañados por una actitud hostil de las autoridades fiscales hacia quienes decidían cambiar su residencia fiscal de manera legítima.

No solo bastaba abandonar el país. Los ciudadanos debían demostrar repetidamente que realmente se habían ido, lo que incluía que fueran cuestionados sobre domicilios, consumos y otros vínculos, como si fueran propiedad del fisco. Este tipo de hostilidad es rara en naciones que mantienen buenos términos con sus residentes.

El resultado era predecible. Destinos como Uruguay, Paraguay, Estados Unidos y España vieron llegar a quienes antes invertían, consumían y tributaban en Argentina. En 2020, se anticipó que el “aporte solidario y extraordinario”, un impuesto sobre la riqueza combinado con Bienes Personales, brindaría prosperidad, pero fuera del país, en considerando a Uruguay y otras naciones vecinas.

Actualmente, hay una oportunidad para invertir esta lógica. El RIGI ha introducido beneficios y garantías para grandes proyectos, y la propuesta del Súper RIGI, que ya recibió dictamen positivo en Diputados, busca profundizar esta visión. Tras décadas de arbitrariedad, no es suficiente con invitar a los inversores; es esencial mitigar el riesgo que implica invertir en Argentina.

El siguiente paso debería ser atraer a quienes crean, financian y gestionan esos proyectos. La posible radicación de Peter Thiel en Buenos Aires ejemplifica esta oportunidad. Si decidiera venir a trabajar bajo ciertas condiciones y por un periodo no mayor a cinco años, podría acceder a un régimen especial impositivo que lo exonera de tributar por sus rentas en el exterior, aunque tendría que tributar por las generadas dentro de Argentina. Este sería un tipo de exención parcial, aunque no diseñado específicamente para atraer patrimonio y talento.

Argentina debería evolucionar esa antigua norma en un régimen de impatriados más amplio y estable, con un plazo de diez a quince años y condiciones competitivas para las rentas y propiedades del exterior, tal como lo implementó Uruguay hasta fines de 2025.

No tendría sentido limitar este régimen a extranjeros. La legislación actual impide que aquellos que previamente fueron residentes argentinos puedan beneficiarse. Esto debería cambiar para incluir a quienes realmente perdieron su residencia fiscal y se mudaron durante gobiernos populistas. Si desean regresar, invertir, generar empleo y establecer su familia aquí, sería irracional tratarlos de manera menos favorable que a un nuevo arribante.

Además, Argentina se encuentra lejos de los principales focos de tensión geopolítica, formando parte de una región pacífica y sin grandes conflictos armedados, raciales o religiosos. La nación tiene una larga tradición inmigratoria y una sociedad abierta y acogedora, sumando además un clima agradable, baja exposición a desastres naturales, recursos abundantes como agua, alimentos y energía, paisajes diversos, una rica gastronomía y algunos de los mejores vinos del mundo.

Si Argentina consolidara la estabilidad de su economía y asegurara reglas predecibles, podría convertirse en un verdadero polo de atracción a nivel mundial: un lugar ideal para invertir, vivir, formar una familia, desarrollar negocios y resguardar patrimonios.

Sin embargo, ningún régimen será efectivo si persiste el temor a que el próximo gobierno a revertirlo o a volver a hostigar a quienes tienen patrimonio. Por ello, 2027 será un año clave. Los argentinos deberán reafirmar en las elecciones su deseo de cambio y demostrar que esta etapa no fue simplemente un paréntesis.

Durante años, Argentina persiguió a quienes decidieron irse, mientras otros países prosperaron al recibirlos. Hoy, la nación puede dejar de exportar contribuyentes y comenzar a importar capital, talento y bienestar. Para ello, son necesarios beneficios sólidos, normativas duraderas y una señal clara de que el cambio ha llegado para permanecer.

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