El caso que conmociona a Santiago del Estero se conoce por estas horas por sus acusaciones gravísimas, pero también por un dato que explica la dimensión del horror: cómo era la casa en la que vivían los 9 hermanos rescatados durante un allanamiento en una zona rural del departamento Figueroa, en el noreste provincial.
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El procedimiento, ordenado por la Justicia, se concretó en mayo y terminó con las víctimas bajo protección estatal y con detenidos dentro del círculo familiar.
El domicilio estaba en un sector identificado como barrio Las Lomas, en el paraje El Cruce, “a la vera” de la Ruta 5, a unos 80/90 kilómetros de la ciudad capital santiagueña.
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Los lugareños la mencionaban con un apodo que hoy quedó pegado a la causa: “la casa de los primos”, un nombre que, con el avance de la investigación, pasó de ser una referencia vecinal a una etiqueta del espanto.
Lo que encontraron al entrar fue, ante todo, una postal de abandono material. Las crónicas coinciden en el contraste más impactante: los chicos dormían sin colchones, sobre elásticos de metal o tablas, apenas con alguna frazada o sábana.
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En varios casos, esas estructuras dejaban marcas visibles en los cuerpos, algo que los investigadores notaron a simple vista durante el operativo. Esa escena —camas “peladas” y cuerpos marcados— se convirtió en uno de los elementos más repetidos en los testimonios oficiales.
Pero el detalle que terminó de configurar la idea de un encierro deliberado fue el hallazgo de una habitación cerrada con candado. Dentro de ese cuarto había colchones nuevos, sin estrenar, guardados e intactos. La lectura de los investigadores fue inevitable: mientras las víctimas dormían sobre hierro o madera, los colchones permanecían fuera de su alcance, como un “lujo prohibido” en la misma casa.
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El operativo también describió un sistema de control interno que excedía lo edilicio, pero se reflejaba en el funcionamiento del hogar: en el lugar, los investigadores observaron que varios menores miraban a los adultos antes de responder preguntas, como buscando permiso para hablar. Ese comportamiento fue interpretado como un indicador de sometimiento y miedo dentro de la vivienda.
Entre las escenas más estremecedoras se menciona el caso de una persona con discapacidad severa que fue hallada atada a una cama y con lesiones visibles. El relato señala además que la víctima presentaba heridas y signos de maltrato constante, un elemento que los investigadores incorporaron como parte central de la causa.
La vivienda, además, estaba asociada a un cuadro sanitario crítico. Dos de los rescatados tuvieron que ser internados de urgencia por desnutrición y deshidratación, y los reportes periodísticos hablan de pesos extremadamente bajos para su edad, lo que reforzó la hipótesis de abandono prolongado. La situación fue abordada por equipos médicos y de contención tras el procedimiento, mientras la Justicia avanzaba con las imputaciones.
En términos operativos, se habló de cerca de cinco horas de intervención en el lugar antes de retirar a las nueve víctimas, con asistencia y monitoreo posterior por parte de profesionales. Ese tiempo de trabajo en escena se explica, entre otras cosas, por la necesidad de asegurar el entorno, recabar testimonios iniciales y preservar evidencia.
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