El 17 de marzo de 1986 llegó finalmente la esperada nena de la la familia. Primera nieta y única sobrina, pronto recibió en nombre de Jennifer Giselle. Ante la emoción de los Dubin, surgió al mundo sin pelo, con ojos claros y un pequeño problema de labio leporino. Mimada, querida y cuidada desde el primer día, la niña recibió afecto y amor incondicional de su familia, que decidió apoyar a «nuestra Jenny» en cada paso de su vida y en cada operación y tratamiento destinado a aquella circunstancia en su labio superior.
Sin embargo, ya de bebé nomás, comenzó a madurar una conexión ni mayor ni menor respecto a sus afectos pero sí especial, con su papá Norberto Ariel, quien tras trabajar un tiempo como empleado de la Aduana, en 1987, al año siguiente de la llegada de Jenny, había ingresado a la Asociación Mutual Israelita Argentina de la Ciudad de Buenos Aires como subjefe del área.

Claro, el Gordo -como todos solían llamarlo con cariño- tenía un don: divertir de manera natural a los demás, ¿y adivinen quién era su principal admiradora? Jenny, por supuesto, junto a quien, a medida que crecía, empezó a crear un lazo indestructible inspirado en innumerables formas de tentarla, en juegos de princesa, en chistes y en todo aquello que colaborara a que «jamás deje de regalarnos su hermosa sonrisa».
«Más que padre e hija éramos cómplices. Sólo con mirarnos nos entendíamos«, recuerda ella. «No me importaba si se burlaban de mi problema congénito, si se reían, o si tan solo me miraban. Sabía que ese grandote de un 1,85 de altura y de 140 kilos me iba a defender… Lo que nunca imaginé fue que no iba a ser para siempre», lanza un suspiro de impotencia mientras retrocede sus palabras y su alma al lunes 18 de julio de 1994, cuando el cobarde atentado a la AMIA de la calle Pasteur 633 se llevó, entre otras ochenta y cinco vidas, la de Norberto, el Gordo, «papá, dejando a aquella nena sin el tipo que siempre la iba a defender».
«EN LA TIERRA DE DIEGO Y LIONEL, A QUIEN NO LLEGARON A CONOCER, LAS FINALES QUE PERDIMOS…, NO LAS LLEGARON A VER»

Lo cierto es que tres décadas y dos años luego de aquella pesadilla de la que nadie nunca podrá despertar, y en paralelo con la realización del Mundial 2026 de fútbol masculino que inició el 11 de junio en México, México y Canadá y finalizará el 19 de julio en Norteamérica, la institución presentó en sus redes sociales Hoy no podemos perder, la memoria, una emotiva producción audiovisual que invita a reflexionar parte de sobre todo aquello que las 85 personas asesinadas no pudieron vivir desde aquel día.
«Yo sumaba 104 días de vida cuando ganamos la Copa en México 1986, nuestra segunda estrella», acerca cálculos precisos Jenny a Revista GENTE. «Aunque no guarde recuerdos claros, la pude vivir con mi familia. Bueno, en las siguientes finales que perdió y después ganó el Seleccionado nacional ya no estaba mi papá ni las ochenta y cuatro personas restantes que se llevó el ataque terrorista», nos da pie a la esencia de la pieza desarrollada por la AMIA y dirigida por Lucas Fossati, que toma como punto de partida la canción Muchachos, símbolo de la pasión popular durante Qatar 2022, «para construir un relato atravesado por la ausencia, la memoria y el paso del tiempo», puntualiza la mujer.
En el video, mirando a cámara, los actores -muchos con la camiseta albiceleste- expresan: “En Argentina nacieron. Y alguno en otro lugar. Tierra de Diego y Lionel, al que no llegaron a conocer. De los pibes de Malvinas que, como a ellos, jamás olvidaré. No te lo puedo explicar. Es difícil de entender. Las finales que perdimos… no las llegaron a ver”.
El recorrido de 65 segundos -en el que colaboraron la agencia From y Bigotes Music, empresa a cargo la producción de audio, sonido y música- alcanza uno de sus momentos más conmovedores cuando aparece precisamente Jennifer, la única participante que no es intérprete profesional, para decir que “en la final con los brazucas”, en el Maracaná, “tampoco estaba mi papá”. Jenny sumaba apenas ocho años cuando el atentado le arrebató su «presencia irremplazable, pero no así los recuerdos del vínculo de amor, cercanía y complicidad que compartíamos», remarca ahora ella.

La producción continúa con un mensaje que amplía la mirada sobre todas las vidas truncadas por el accionar delictivo: “Muchachos, chicas, abuelos, niños, a quienes les cortaron cualquier tipo de ilusión. La de ganar la tercera. La de ser campeón mundial”. Añadiendo: “Y al Diego en la tierra lo podían ver. Con don Diego y con la Tota. Sin imaginar lo que años después haría Lionel”.
Con la voz del actor Federico D´Elía, la pieza concluye con una invitación a transformar el recuerdo en compromiso: “El 18 de julio de 1994, 85 personas fueron asesinadas en el atentado a la AMIA. Se perdieron todo lo que vino después. Y también de acompañarnos esta vez. Por ellos, por ellas, no podemos perder… la memoria”.
«A MIS OCHO AÑOS EMPECÉ A CONVIVIR CON UN DOLOR DE ADULTO: ALLÍ COMENZÓ EL VERDADERO ATENTADO DE MI VIDA»
El testimonio de Jenny también se hizo oír durante los últimos días, ya que fue invitada -junto a Marina Degtiar, otro familiar de una víctima fatal- a las Clases Abiertas que cada año desde hace diecinueve promueve el Departamento de Educación de la AMIA, en este caso para que 700 alumnos de segundos años de la secundaria conozcan en profundidad las consecuencias que produjo en la sociedad aquel ataque aún inexplicable. Desde el auditorium de la sede porteña, Dubin resumió su historia a puro realismo y con la mayor espontaneidad.
«El 18 de julio de 1994 amaneció con un frío intenso que marcaba el inicio de mis vacaciones de invierno -iniciaba el relato ante los jóvenes-. Sin embargo, para mí era un día más especial, crucial porque iban a confirmarme la fecha de la última cirugía reparadora de mi labio leporino. Como la clínica quedaba cerca de la mutual, el plan era repetir nuestro ritual de cada mañana: pasar por el trabajo de papá para darle ese beso diario y desearle suerte. Un momento único en el que él me soltaba de la mano, me paseaba orgulloso por el cuarto piso saludando a todos y me hacía sentir su persona favorita«.
Y continuaba: «Diez minutos antes de las diez de la mañana me desperté sobresaltada y le dije a mi mamá (Nelly Larocca) que nos habíamos quedado dormidas. Ella, atacada por un fuerte dolor de cabeza, decidió que veríamos a papá a la tarde y pediría otro turno con el cirujano. No llegué ni a apoyar la cabeza en la almohada cuando una tremenda explosión conmovió las cuatro cuadras que nos separaban del edificio; mi hermano mayor (Juan Manuel) corrió desesperado al cuarto diciendo que había explotado la AMIA. Lo que inicialmente se especulaba cómo el resultado del estallido de una caldera o un aire acondicionado estallado pronto mutó en un panorama de destrucción total con mi madre gritaba el nombre de mi papá con la desesperada esperanza de encontrarlo alrededor nuestro».

«Desde que nos llevaron a la casa de mi tía, pasaron seis largos días de una búsqueda frenética por hospitales y morgues -avanzaba controlando sus emociones-. No volví a ver a mi mamá hasta el domingo 24 de julio a las cinco de la tarde, cuando me llevaron a un salón grande donde ella estaba junto a un psicólogo infantil. Nos abrazamos, le pregunté por papá, ya que que hacía un montón que no lo veía, y ella, tomándome las manos, me dijo y consoló: ‘Jen, ahora él va a vivir en tu corazón, porque se fue al cielo con Dios’. En ese instante, al descubrir el brillo de sus ojos, no vi cómo se caía el edificio, sino cómo se derrumbaba mi vida entera«, añadía la menor de las Dubin. Para seguir…
«Con tan solo ocho años -mi papá partió a los 31- empecé a convivir con un dolor de adulto y comenzó el verdadero atentado de mi vida, olvidando aquellas palabras de mi padre que me habían mantenido con la cabeza en alto cuando se burlaban de mí: ‘Vos siempre con la frente bien alta, que los que están mal son ellos’. Hoy, que llegué a los 40 y ya lo superé en edad, sigue doliéndome todo lo que no lo dejaron vivir y todo lo que se perdió de mí: mis quince años, mi graduación y el nacimiento de sus tres nietos, Mia, Gael y Emma, quien justamente tiene cinco años, los mismos que Sebastián Barreiro, la víctima fatal más chiquita de la tragedia».

«Es muy difícil convivir con esa silla vacía desde hace treinta años -comenzaba a redondear su exposición-, recordándolo a través de una foto, una remera o en los tatuajes de mi cuerpo, especialmente uno que llevo conmigo y dice ‘Para mi Dios es mi viejo’. Porque así lo definimos en nuestra familia, como nuestro Dios. Por eso lo tenemos replicado en cada rincón de la casa: para que mis hijos -sus nietos- enciendan una vela y sigan descubriendo a su abuelo, una gran persona. Algo que me sigue confirmando cada desconocido con el que me cruzo y me habla maravillas de él», redondea Jennier antes de dar pie al encuentro que conmemorará aquel atentando frente al edificio que fuera blanco del terrorismo internacional.
«OJALÁ ALGUNA VEZ TENGAMOS UN 18 DE JULIO SÓLO PARA RECORDAR Y NO PARA EXIGIR»

Bajo el lema “Hoy no podemos perder, la memoria”, el Acto central por el trigésimo segundo aniversario del atentado terrorista contra la sede porteña de AMIA en el corriente 2026 se efectuará un día antes del 18 de julio, pero siempre frente a Pasteur 633. Como tal fecha coincide con Shabat, el día sagrado de descanso y desconexión en el judaísmo, se adelantará al viernes 17. Comenzará a las 9:53 -hora exacta de la explosión de la bomba en 1994- con el sonido de la sirena, y nuevamente reunirá a todas las voces comprometidas con el reclamo de justicia, la denuncia a la impunidad persistente en la causa y la memoria de las personas asesinadas.

«Tras más de tres décadas, los familiares de las víctimas seguimos de pie gracias al abrazo de la gente que colma la calle desde Pasteur hasta Corrientes, y sobre todo gracias a los jóvenes que se interesan en el tema y son el legado que dejamos para que la memoria no muera y poder seguir reclamando una justicia que ojalá algún día nos permita tener un 18 de julio solo para recordar y no para exigir -traslada sus latidos a palabras Jennifer Dubin frente a GENTE-. El terrorismo no discriminó a la comunidad judía, sino que arrasó con todo lo que encontró en el camino, llevándose a gente muy pequeña y muy grande, por lo que nuestra lucha continúa por los familiares que se fueron con las manos vacías, por los que quedamos y por toda la sociedad«, afirma ella.

Ella, sí, Jenny, quien allí estará. La misma Jenny que a la fecha no tolera las sirenas de bomberos, autos de policías ni ambulancias, ni que su despertador suene todos los días a las 9.53. Ella, la Jenny que en los últimos treinta y dos años creció, formó su familia, tiene su trabajo, pero aún sigue esperando que sean las 7 de la tarde, para que el grandote de 1,85 y 140 kilo llegue a jugar con ella, la abrace y le diga que todo fue una mala pesadilla. Ella, la misma Jennifer Dubin que aprendió a defenderse sola y a defender la mayor de las causas que por estos tiempos inspiran: «Que finalmente haya justicia».
Fotos y videos: Gentileza de la Asociación Mutual Israelita Argentina
Agradecemos a Magalí Percia (Prensa de la AMIA)
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